Tres semanas, ¿son mucho tiempo? ¿Poco? ¿Regular...? Pues, a la gallega: dependerá de para quién, respecto a qué y en qué circunstancias. Entre los pasados 30 de julio y 20 de agosto transcurrieron veintiún días, tres semanas; y, en este caso, ese paréntesis temporal ha evidenciado un abismo, una sima insondable, una brecha difícil de reparar...
Y es que el 30 de julio fue el infausto día en el que una masa de unas 75.000 personas entró a borbotones en Ceuta: una marabunta humana equivalente al 90 % de su población. Desde entonces —hasta hoy, y ya se verá hasta cuándo— el caos, el desorden y el miedo son lo que en esa ciudad impera. Sin paliativos, sin medias tintas. Tan es así que allí todo parecido con la anhelada «normalidad» es pura coincidencia.
En Ceuta, el Estado ha sido incapaz —y sigue siéndolo— de cumplir con la que quizá sea su tarea más básica, más elemental: garantizar la seguridad, controlar las fronteras y, así, preservar las condiciones para que los ciudadanos puedan desarrollar su vida, su mera cotidianidad: quehaceres, obligaciones, trabajo, descanso, ocio… Su todo, sin más. ¿Cabe concebir algo más fundamental que eso? Si eso falla, todo lo demás decae. Apenas veintiún días después de aquel jueves 30 de julio, el 20 de agosto, fue el Día de la Liberación Fiscal. Según la Fundación Civismo, es desde esa fecha —y no antes— cuando empezamos a trabajar para nosotros mismos. O lo que es lo mismo: hasta el día anterior solo trabajamos para mantener el «sistema», la estructura pública: el Estado (ya sea la Administración central, las comunidades autónomas o ayuntamientos). Ya no es que las autovías sean una caricatura de lo que fueron, ya no es la incertidumbre sobre la hora de llegada de los trenes (si es que llegan), ya no es la saturación de la sanidad, ya no es el colapso de la justicia —¡que también, también, también y también!—. Es que, además, cuando ocurre una circunstancia excepcional, sea una catástrofe natural (La Palma, la dana), un accidente (Adamuz), un siniestro (incendios) o un ataque híbrido a nuestro territorio (Ceuta)..., el patrón se repite una y otra vez: la soledad, el desvalimiento, la indefensión y el desamparo de los perjudicados, de los damnificados. Total, absoluto, demoledor, lacerante y desgarrador abandono. Se evidencia, pues, que se incumple ese buenista eslogan oficial: «Lo que das, vuelve». No, no vuelve; no. Nuestro esfuerzo fiscal —recuerden, más de siete meses y medio— no retorna. No, al menos, dónde, cuándo y cómo se necesita. Y es para ello para lo que sufragamos (costeamos) los servicios públicos; y, también, es para lo que cada cierto tiempo acudimos a las urnas, para sufragar (aquí con el sentido de votar) un determinado proyecto político. No lo olvidemos: el sufragio es tan tributario (obligación) como electoral (derecho); pero ser los pagafantas nos permite exigir resultados, y debemos hacerlo: en las urnas, ejercitando nuestro derecho al voto. Esos fatídicos 21 días muestran un desgarro: el divorcio, el distanciamiento del Estado respecto a la ciudadanía, el pueblo, la Nación (sí, con mayúscula) a la que se debe, su razón de ser. Y, precisamente, en ese distanciamiento anida la desafección, una carcoma que socava tan lenta como implacablemente nuestro andamiaje institucional, esa estructura pública que, como sociedad, nos hemos dado para convivir. ¡Cuidado! ¡Más allá, los demonios!