El lenguaje dirige el foco de la atención. Hace visibles situaciones concretas y, como sutil contrapartida, corre un tupido velo sobre todo lo demás. La cosa no es inocente. Al parecer, corren tiempos de guerra, de crispación social, de polarización ideológica. En ellos, la batalla por el relato pasa por dominar el arte de la persuasión.
Lo primero es participar. Quien no lo hace, no existe. Quien habla, establece el marco y los términos del debate: ¿Eso que sucede en Palestina es acaso un «conflicto», una «guerra» o un «genocidio»?
La principal función del lenguaje es coordinar la conducta social, no describir el mundo. Ni siquiera es capaz de transmitir con precisión la información visual que se tiene de un árbol. Su abrumadora complejidad se le escapa. De hecho, lo que alguien cree haber visto puede sufrir distorsiones por su culpa.
Hay experimentos ilustrativos al respecto. En uno, se muestra a los voluntarios un vídeo de coches chocando. Luego llega la pregunta: «¿Iban muy rápido cuando se golpearon?» a unos, «¿Iban muy rápido cuando se estrellaron?» a los otros. En función del verbo utilizado, la respuesta varía, al igual que la velocidad que los voluntarios aseguran haber percibido.
Descripciones alternativas de un problema también pueden dar lugar a preferencias dispares.
El lingüista Nick Enfield propuso situaciones similares a la siguiente: diez personas han quedado atrapadas en una cueva que se está inundando. El rescate es sumamente arriesgado y los servicios de emergencias elaboran dos planes. En el A, hay una buena probabilidad de rescatar a tres de esas diez personas atrapadas. En el B, hay una buena probabilidad de que siete de esas diez personas fallezcan. ¿Cuál es preferible? A la vista está que ambos planes son idénticos y, sin embargo, las personas tendemos a preferir la opción A.
El lenguaje afecta igualmente a la memoria. Si se trata de recordar el aspecto de un rostro con el paso del tiempo, y para ello se recurre a una descripción lingüística, es más probable que dicho recuerdo quede alterado por las palabras usadas para caracterizarlo. Lo mejor sería, pues, esforzarse por retener la percepción visual sin más.
Las analogías y las metáforas tampoco son nada inocentes. En un experimento, distintos grupos de voluntarios recibieron sendos informes sobre la delincuencia en una ciudad. En el primero se la comparaba con una «bestia salvaje que nos acecha», mientras que el segundo hablaba de un «virus que nos infecta». La divergencia aparece al buscar una solución: los primeros se decantaban por políticas de fuerza (más policía o penas más duras) a la vez que los segundos apostaban por abordarla como una problemática social (ligada a la pobreza o la educación).
Los ejemplos abundan. Y es que, como ironizó Bertrand Russell, «yo soy firme, tú obstinado y él un idiota cabezón». El lenguaje cautiva como el flautista de Hamelin y, por ello, cuanto más recalemos en él, más podremos controlar la influencia que otros ejercen sobre nosotros.