El eclipse también se lee en las rocas
OPINIÓN
El próximo miércoles, la sombra de la Luna cruzará buena parte de Galicia antes de atravesar la mitad norte de España. Será el primer eclipse total de Sol visible desde la península ibérica en más de un siglo. Al atardecer, miles de personas buscarán un horizonte despejado hacia el oeste. Pero, para quienes trabajamos con las rocas, un eclipse no solo invita a mirar al cielo: también recuerda que la Tierra y su satélite comparten una historia de miles de millones de años.
La mecánica parece sencilla: la Luna se interpone entre el Sol y la Tierra. Detrás opera una casualidad astronómica notable. Aunque el diámetro del Sol es unas cuatrocientas veces mayor que el de la Luna, también se encuentra cuatrocientas veces más lejos. Esta proporción permite que ambos presenten casi el mismo tamaño aparente y que la Luna oculte por completo el disco solar.
Esta situación, sin embargo, tiene fecha de caducidad. La Luna se aleja de la Tierra unos 3,8 centímetros cada año. Es una velocidad imperceptible a escala humana, pero suficiente para que, dentro de varios cientos de millones de años, nuestro satélite esté demasiado lejos para cubrir el Sol. Los eclipses totales desaparecerán y solo podrán producirse eclipses anulares.
Los geólogos conocemos esta evolución porque ha quedado grabada en las rocas. El análisis de antiguos sedimentos laminados por las mareas, junto a otros archivos climáticos de hace 1.400 millones de años, demuestra que la Tierra giraba entonces más deprisa y que la Luna estaba más cerca. Un día duraba menos de 19 horas, y el año, aunque ocupaba prácticamente el mismo tiempo que ahora, reunía cerca de 470 días.
El mecanismo responsable es el mismo que provoca las mareas actuales. La atracción lunar deforma los océanos y frena muy lentamente la rotación terrestre por fricción, mientras parte de esa energía pasa a la órbita de la Luna y la empuja hacia el exterior. Su influencia no se limita al agua: la corteza también se eleva y desciende unos centímetros debido a las mareas de la Tierra sólida.
Cuando se aproxima un eclipse, resurgen teorías que lo relacionan con grandes terremotos. La evidencia científica es clara: un eclipse solar es una fase de luna nueva y no genera fuerzas gravitatorias distintas a las habituales. Las mareas pueden influir mínimamente en alguna falla que ya esté a punto de romper, pero el eclipse no provoca terremotos ni altera el funcionamiento interno del planeta.
Durante poco más de un minuto, la corona solar será visible desde otros puntos de Galicia, si las nubes y el relieve lo permiten. Será un momento excepcional, pero su mensaje no está solo sobre nuestras cabezas. También se encuentra bajo nuestros pies, en el registro geológico que demuestra que la historia de la Tierra y la de la Luna llevan más de cuatro mil millones de años escribiéndose juntas.