La fiesta de fin de bachillerato de Luis y su pandilla de Lugo fue sonada. Metió en el Land Rover de mi padre a unos amigos y, cuando tomó la curva para enfilar Ramón Ferreiro, le dio la vuelta al coche y acabaron deslizándose boca abajo, haciendo chispas contra el asfalto, hasta que el vehículo se detuvo por sí solo. Milagrosamente, no le pasó nada a nadie.
Unos meses después, lo estábamos esperando para comer y no nos podíamos explicar por qué tardaba tanto. Al fin apareció, cubierto de polvo, y le explicó a mi padre que se había metido con el Land Rover en un circuito de motocrós con unos amigos y le había dado la vuelta al coche. Otra vez. Milagrosamente, tampoco le pasó nada a nadie.
Se podía decir que Luis era un chico con suerte. Alto, guapo, inteligente, noble, divertido, generoso. Tenía un montón de amigos, una familia que lo quería y un futuro brillante. Luis lo tenía todo. Hasta que un día dejó de tenerlo.
Con solo 18 años, el cáncer que se cebó con su cerebro le arrebató la capacidad de caminar, hablar con normalidad, ver bien, oír bien, mover su cuerpo sin dificultad… Aquel futuro brillante se convirtió en un enorme interrogante.
Pero el cáncer no conocía a Luis. Era fuerte, terco, valiente. En sus planes no estaba morirse. Luchó hasta expulsar el cáncer de su cuerpo. Y, aunque le dejó secuelas graves, durante los 34 años que le arrancó a la muerte nunca se dio por vencido. Nunca dejó de trabajar para poder volver a caminar. Nunca dejó que las dificultades le quitaran la sonrisa ni el sentido del humor.
Y, sobre todo, nunca dejó de querer vivir. Y eso es extraordinario. Porque es fácil amar la vida cuando todo va bien. Lo difícil es seguir amándola cuando vivir supone un esfuerzo para todo.
En los últimos años, como consecuencia del deterioro por las graves lesiones cerebrales, su condición era cada vez peor. Y, aun así, cuando le preguntaba si era feliz, siempre respondía lo mismo: «Sí». Como si fuera algo obvio. ¿Cómo podía alguien que sufría tanto seguir diciendo que era feliz? Luis me enseñó algo que a muchos les cuesta toda una vida entender. Que la felicidad no depende de las circunstancias, sino de la actitud con la que decidimos vivirlas. De seguir encontrando motivos para estar agradecido por la vida que tienes.
Luis encontraba felicidad en las cosas más simples. La comida. Salir. Estar con su familia, amigos, sus perros. En un abrazo, un beso, una mirada llena de cariño.
Todas esas cosas cotidianas y sencillas de la vida que tendemos a dar por descontado. Creo que Luis vino a enseñarnos algo. Que el simple hecho de estar vivo ya es un motivo para estar feliz
Quizás ese sea su mayor legado. Inspirarnos a vivir apreciando lo que tenemos. Quejándonos un poco menos. Abrazándonos un poco más.
Gracias, Luis, por esta gran lección de vida.