«Princesos»

Luis Ferrer i Balsebre
luis ferrer i balsebre EL TONEL DE DIÓGENES

OPINIÓN

Ryan Goslin interpreta a Ken en «Barbie», de Greta Gerwig.
Ryan Goslin interpreta a Ken en «Barbie», de Greta Gerwig.

Hubo un tiempo en que el cortejo era una suerte de liturgia donde el riesgo de ser rechazado se asumía como un daño colateral. Hoy, sin embargo, soplan vientos de desafección. Asistimos a la eclosión de una nueva estirpe que, en los mentideros digitales y la jerga de los más jóvenes, se ha bautizado como los «princesos». No es una categoría biológica, sino una generación de varones muy jóvenes que ha decidido que el esfuerzo por conquistar a una mujer, no solo no compensa, sino que es un campo minado poco apetecible.

El fenómeno de los «princesos» no nace de la nada. Es hijo legítimo de la hiperconectividad y el feminismo del Nuevo Testamento que, paradójicamente, han esterilizado el deseo. Para muchos jóvenes, el ligar ha pasado de ser una aventura apasionante a convertirse en una gestión administrativa agotadora. Las aplicaciones de citas han transformado la conquista del otro, en un catálogo infinito de cuerpos intercambiables sin compromiso alguno.

Pero hay algo más profundo: un cansancio moral. Estos jóvenes princesos perciben el acercamiento a la mujer como un ejercicio de alto riesgo. En un clima social de hipersensibilidad, donde cada gesto es escrutado bajo la lente de la sospecha, el «princeso» opta por replegarse. Se cuida y exige ser él quien sea conquistado; ya no quiere ser el cazador, sino la pieza valiosa a ser descubierta y tratada como antes se trataba a las mujeres.

Ante la complejidad de las relaciones actuales marcadas por la volatilidad y una exigencia de perfección inalcanzable, estos jóvenes prefieren el gimnasio, el videojuego o estar con los amigos. Es una «erótica de la seguridad». ¿Para qué arriesgarse al escarnio de una calabaza pública, la fatiga de una conversación que no fluye o a pasar unas horas en el calabozo?

La mujer, antes objeto de un deseo muchas veces idealizado, pasa a ser vista con una mezcla de apatía y prevención. Cuanto más provocadoras y empoderadas, más miedo les provocan.

La caballerosidad se ha oxidado y el arrojo se confunde con la impertinencia. Regalar flores, ceder el paso o lanzar un piropo son interpretados como micromachismos anacrónicos.

Los «princesos» son el síntoma de una sociedad que está olvidando que el amor y el sexo requieren, inevitablemente, mancharse las manos, tolerar la frustración y aceptar la imperfección del otro.

En el mundo de las pantallas, «ligar» pierde su carácter artesanal. El cortejo se sustituye por la cuenta de likes.

Aumentará el número de jóvenes impecables que esperan ser conquistados y, al mismo tiempo, el de jóvenes perplejas y hartas de esperar al hombre prometido, acusando al hombre de siempre de no tomar la iniciativa.

Las chicas anhelan que las traten como reinas, pero parece ser que los jóvenes quieren ser «princesos».