La vaca

Luis Ferrer i Balsebre
Luis Ferrer i Balsebre EL TONEL DE DIÓGENES

OPINIÓN

El presidente de Andalucía, Juanma Moreno Bonilla, con una vaca durante la campaña electoral.
El presidente de Andalucía, Juanma Moreno Bonilla, con una vaca durante la campaña electoral. Francisco J. Olmo | EUROPAPRESS

Es curiosa la querencia que tienen los políticos por hablar con las vacas en las campañas electorales. Vimos a Maduro pidiéndoles el voto para la creación de aquel esperpento de asamblea constituyente y estos días al candidato Moreno Bonilla peregrinando al santuario de una vaca frisona solicitando su amparo. También vimos a Pablo Casado, Mariano Rajoy o el actual presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que salía hablándole a una vaca en una imagen del 2015.

Ver al político frente a la vaca es asistir a un duelo de inteligencias donde la ventaja, casi siempre, la tiene el rumiante. La vaca mira con esa pupila húmeda, abisal, que parece contener toda la melancolía de la Vía Láctea, mientras el candidato despliega su repertorio de promesas ante una audiencia que solo espera el momento de que la dejen en paz. ¿Por qué lo hacen? ¿Qué buscan en ese diálogo de sordos entre la seda de la corbata y el olor a establo?

En primer lugar, la vaca es el confesor ideal. No repregunta. No fiscaliza el déficit público ni le recuerda al candidato aquel tuit desafortunado. Ante la vaca, el político busca una autenticidad vicaria, tocando al animal; algo de su verdad mineral se me quedará pegado a los dedos, piensa el aspirante mientras vigila que el lodo no arruine sus zapatos de ante.

Desde una perspectiva más profunda, casi clínica, el político busca en el establo la bendición de la Gran Proveedora. La vaca es tótem de prosperidad, de una España eterna y resistente a la erosión de los tiempos. Hablarle a la vaca es, en realidad, un ejercicio de ventriloquía: el candidato habla para que nosotros, los que observamos desde el sofá, creamos que entiende el lenguaje de lo primario.

Sin embargo, hay algo de patetismo en este cortejo bovino. Quizá, y solo quizá, el político habla con la vaca porque es el único ser vivo que no le debe nada. En un mundo de favores, de deudas de partido y de encuestas de Sigma Dos, la vaca representa la libertad absoluta frente al poder. Ella no vota, ella solo existe. Y en esa existencia testaruda, el candidato encuentra un breve refugio para su propia futilidad.

Al final de la jornada, cuando los focos se apagan y el coche oficial se aleja dejando tras de sí el olor a estiércol y colonia cara, queda la duda de quién engañó a quién. El político cree haber ganado un titular; la vaca, por su parte, sigue rumiando, convencida de que, entre tanto ruido, lo único verdaderamente importante sigue siendo la calidad de la hierba.

Porque al final, como en la vida misma, hay quienes hablan por no callar y quienes callan porque ya lo han dicho todo con una mirada de pestañas eternas.