Ya las tardes prolongan esa luz vespertina líquida y transparente que se alarga hasta refugiarse en la noche que la acoge perezosa. Avanzan los adjetivos en el juego de las palabras perdidas cuando quieres contar la crónica del camino de vuelta, después de unas jornadas de un asueto distinto que rompió la rutina de las semanas del invierno reciente.
A los lados de la carretera, la brisa se enreda entre las jóvenes ramas del toxo nuevo, que festonea el camino como si las flores doradas del arbusto curiosearan mirando los automóviles que circulan a sus lados.
Sin saber muy bien dónde se encuentran las frases que describan un sentimiento perdido en entre viejas emociones recuperadas, me empeño en encontrarlas, en perseguirlas tejiendo un telar barroco donde hilvano, poco a poco y entre silencios, mi sentido inicial de pertenencia.
Regreso del lugar en el que nací, que viajó conmigo a lo largo de toda mi existencia. Esté donde esté, escuchó las campanas de la iglesia vecina a mi antigua casa familiar, y percibo desde la ciudad en la que resido, alejada cientos de kilómetros de mi pueblo, el murmullo armónico de las mareas que crecen en pleamares.
En ocasiones pienso que sufro un efecto que va mas allá de la morriña, que tiene que ver más con un síndrome del túnel del tiempo que con la saudade o con una mezcolanza de nostalgia crónica y melancolía patológica.
Rindo viaje con la geografía de los afectos, con el abrazo del amigo reencontrado, con la emoción antigua de un desfile procesional de Semana Santa que es el mismo que se grabó en mi retina y en mi corazón una mañana de Viernes Santo, cuando vi caer en la plaza a Jesús camino de un calvario imaginario, mientras el predicador desgranaba los pasajes bíblicos que anidan en mis recuerdos adolescentes.
Y es uno de las decenas de viajes de vuelta que emprendes a lo largo del año, de hogar a hogar, de pertenencia a residencia, de pueblo a ciudad, del mar a la meseta, de la costa al interior, de las palabras sueltas a las páginas de los libros que has leído o has escrito, de la luz cristalina de las mañanas del norte a esta luz perpetua del amanecer entre soles que frecuenta las ciudades del centro, del origen al destino, de los caminos de ida al viaje de vuelta, del invierno a la primavera, cuando a la ida escuchaste el primer canto de cuco y a la vuelta, a la salida del túnel del tiempo, cantaba un mirlo un himno de bienvenida a mi llegada. Estaba al final del camino del regreso, de vuelta.