Enfermos de llevar la razón

Miguel Conde PUBLICISTA Y ESCRITOR

OPINIÓN

Imagen de una pareja escenificando una discusión.
Imagen de una pareja escenificando una discusión.

«No tienes razón y por lo tanto te aparto, te silencio, te anulo. No tienes derecho a opinar sobre tu comunidad, ni a participar en la vida de la sociedad, ni a hablar, ni a razonar en público, ni a convivir pacíficamente con los demás». Este parece ser el planteamiento que rige las relaciones entre los diferentes grupos sociales en la actualidad. Un sinsentido que, además, es imposible. Entonces, ¿por qué lo hacemos?

Cada momento social tiene sus demonios. Y quizá la maldición más acusada de la sociedad actual sea la apasionada manía de llevar la razón. Siempre y en todo.

Schopenhauer alertaba de que cuando discutimos exhibimos la parte más maligna de la naturaleza humana: no buscamos la verdad, sino ganar la discusión «por lo civil o por lo penal».

Somos una sociedad con mucha información que alimenta muchos prejuicios, y el prejuicio implica el odio hacia los otros, como advertía Gordon Allport, gran analista de la discriminación, a medidos del siglo pasado.

Ganar, lo que se dice ganar, solo se gana cuando se cede algo. Cuando crees que lo ganas todo, en realidad no estás ganando nada. Solo creando nuevas realidades damos una oportunidad a la convivencia y a la prosperidad. Los seres humanos nos condicionamos a nosotros mismos por lo que construimos, subrayaba Hannah Arendt. Y si seguimos construyendo barreras, no nos extrañe que condicionen nuestra convivencia (negativamente, añado yo).

Llevar la razón está sobrevalorado. Al menos, llevarla siempre. Te ensimisma. Te vuelve huraño. Hace agresivos tus argumentos y tapona tus oídos. Es aburrido. No hay evolución, no hay viaje, no hay ni redención, ni gloria. Un asco, vamos. Parece que tan solo buscamos lo que Cicerón llamaba «la razón correcta» como derecho de guerra, la justificación del daño.

«He llegado a ser un problema para mí mismo», admitía San Agustín en sus Confesiones. Podríamos subrayar la idea diciendo: «Hemos llegado a ser un problema para nosotros mismos». Quizá sea el momento de enfriar los ánimos y asumir que tendremos que convivir con los que no estamos de acuerdo, que debemos usar más la capacidad de persuadir y menos la violencia verbal o física. Recordemos lo bien que se vive sin tener razón constantemente, asumiendo que nos equivocamos, que evolucionamos; que lo divertido es el viaje y no el destino; la transformación y no el dogma. Dejemos de lado la imposición e inclinémonos por la persuasión, la bendita persuasión.