El Mossad israelí, entre la eficacia y la controversia

José julio Fernández Rodríguez / Anxo Varela Hernández CLICHÉ

OPINIÓN

MABEL R. G.

22 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

En el mundo de la inteligencia internacional pocos nombres resultan tan reconocibles como el Mossad, el servicio secreto exterior de Israel, cuya actividad ha alimentado tanto análisis estratégicos como relatos casi cinematográficos. En este servicio se dan cita al unísono el mito, la realidad, la desinformación y el imaginario colectivo apurando ficciones.

Su historia está íntimamente ligada a la propia existencia del Estado israelí, marcado desde su nacimiento por un entorno hostil que convirtió la información en un recurso vital. El Mossad no es simplemente un organismo de espionaje convencional, sino que desde sus orígenes heredó una cultura operativa basada en la clandestinidad, la infiltración y la anticipación de amenazas. Esa combinación, unida a estructuras ágiles, a un fuerte desarrollo tecnológico y a una notable capacidad de adaptación, lo ha diferenciado de otros servicios de inteligencia más burocratizados. Su forma de actuar responde a una lógica clara: intervenir antes de que el riesgo se materialice, incluso si ello implica operar fuera de sus fronteras y al amparo de una siniestra opacidad. Además, se ha ido integrando en la identidad de la sociedad israelí, que ve este servicio como un activo en términos de cultura y moral pública, para nosotros difícil de entender con los esquemas del Nuevo Testamento.

A lo largo de las décadas, esa filosofía ha dado lugar a operaciones que han contribuido a construir su reputación global. Una de las más emblemáticas fue la captura en Argentina del criminal nazi Adolf Eichmann en 1960, una acción precisa y silenciosa que no solo tuvo un impacto judicial, sino también simbólico, al exponer ante el mundo la maquinaria del Holocausto.

Otra intervención que reforzó su imagen fue la operación Entebbe en 1976. Aunque ejecutada por fuerzas militares, el éxito del rescate de rehenes en Uganda no habría sido posible sin la información previa recopilada por el Mossad, que permitió una acción rápida y eficaz que se convirtió en referencia internacional.

Sin embargo, un gran número de sus actuaciones no han estado exentas de controversia. Tras el atentado contra atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972, el Mossad llevó a cabo una campaña internacional para perseguir a los responsables. Aquella operación, conocida como Cólera de Dios, combinó vigilancia, infiltración y asesinatos selectivos en distintos países. Aunque muchos de sus objetivos fueron alcanzados, en el marco de dicha operación también se produjo la muerte de un inocente en Noruega, lo que causó gran indignación internacional.

En las últimas décadas, el foco de sus operaciones se ha desplazado hacia Oriente Medio, especialmente en relación con Irán. El Mossad ha sido vinculado a sabotajes, ciberataques y operaciones de infiltración destinadas a frenar el desarrollo nuclear iraní. El robo de miles de documentos confidenciales en Teherán en el 2018 mostró hasta qué punto es capaz de actuar en entornos altamente protegidos. Más recientemente, acciones como la manipulación de los dispositivos electrónicos utilizados por Hezbolá en el Líbano reflejan una evolución hacia formas de guerra híbrida. De hecho, la operación Rugido del León y, por ende, la muerte de Ali Jamenéi, líder supremo de Irán hasta febrero de este año, no hubiese sido posible sin el papel desempeñado por la inteligencia israelí, que, entre otras acciones, consiguió acceder a las cámaras de tráfico de Teherán.

Así, lo que distingue al Mossad no es solo su capacidad técnica, sino su combinación de inteligencia humana y tecnológica. Pero esa eficacia plantea también interrogantes. Las operaciones encubiertas, muchas veces realizadas en territorio extranjero, generan tensiones diplomáticas y abren debates sobre el marco de las actuaciones de los servicios de inteligencia. La violación del derecho internacional es en la mayor parte de los casos evidente.

En un Estado de derecho, los servicios de inteligencia deben operar dentro de límites jurídicos que garanticen el control democrático y el respeto a los derechos fundamentales, evitando que la opacidad se convierta en impunidad. La necesaria confidencialidad de sus actuaciones no puede justificar la ausencia de mecanismos de rendición de cuentas, ni la elusión de los principios de legalidad y proporcionalidad. Todo ello resulta evidente, aunque muchos no lo apliquen.

En definitiva, en un contexto global convulso, donde las amenazas son cada vez más difusas y asimétricas, este servicio de inteligencia representa una forma de poder que opera en múltiples registros alimentados por las políticas de supervivencia existencial de Tel Aviv, exitosas y polémicas. El futuro será aún más oscuro, lo que es un entorno apetecible para un Mossad que, entre la seguridad y la polémica, seguirá siendo un elemento clave en la dimensión geoestratégica de Israel.