Al final de febrero, el viejo árbol vecino renovaba sus galas florales en un sorprendente estallido de blancos luminosos. Era mi árbol de la vida, que dividía en dos partes el invierno en su ecuador hasta el final de marzo.
Esperaba verlo altivo y gallardo, convirtiéndose en un compañero de los días mas fríos del año. Pero un otoño talaron el almendro y desapareció para siempre mi entrañable árbol de la vida.
Pasó algún tiempo y en febrero retoñó un joven almendro, próximo al viejo patriarca, y me devolvió la alegre esperanza que creía perdida. Apenas una semana lleva fachendoso, enseñoreando el paisaje, y yo le reitero mi saludo de bienvenida. Cuando crezca, rotundo y poderoso, lo abrazaré y veré aumentada la oxitocina, que como saben no es otra cosa que la hormona de la felicidad, y sentiré emociones antiguas que me regalará mi nuevo árbol de la vida.
Y quién sabe si, con mi pequeña navaja de Taramundi, grabaré mi nombre en su corteza como símbolo de afecto y pertenencia.
En invierno, entre febrero y marzo, florecen en esta parte del mundo los castaños de indias; los naranjos de fruta amarga, que aromatizan el sur con su olor de azahar; las traviesas mimosas, sembrando los campos de color amarillo; las nobles acacias, hermanas mayores de las mimosas; y las varias especies de prunos, con «del rosa al amarillo» —como en la película de Summers— tiñendo el paisaje de múltiples colores.
Es un anticipo arbóreo y floral de la cercana primavera, que ya se anuncia en los frondosos árboles y en la ofrenda de las flores de marzo: las humildes margaritas y gerberas; los nomeolvides contando su leyenda, que asegura que unas flores azules discurrían navegando por el Danubio y un enamorado se tiró al río para cogerlas para su novia y se lo llevó la corriente. «No me olvides» fueron sus últimas palabras.
También las prímulas y los pensamientos son flores de marzo, al igual que los elegantes tulipanes, de efímera vida y preciosa presencia.
Debo citar un árbol simbólico de febrero, el serval, santo y seña de los celtas, antepasado de los gallegos, bretones e irlandeses, que enseña orgulloso sus ramas en flor. Y hay que señalar que, a partir de esta semana, en Japón estallarán al unísono millares de cerezos en flor que vestirán de blanco, como mi querido árbol de la vida, la piel del paisaje.
Seguiré aguardando cada febrero que mi almendro florezca junto a mi casa trayéndome el prólogo de la primavera, y diciéndome sin palabras que es mi nuevo árbol de la vida.