En días recientes de escándalos en el mundo político se ha hablado de pretinas, petrinas, pitrinas y braguetas, lo que pone de manifiesto que existe cierta confusión sobre los nombres de algunas partes de los pantalones. Al parecer, una de las personas metidas en aquellos líos salía a veces de los lavabos con la bragueta abierta, quizá intencionadamente. Otras fuentes indican que lo que llevaba abierta era la pretina.
Se trata de cosas distintas. La bragueta es la abertura delantera de los pantalones, y la pretina, la «correa o cinta con hebilla o broche para sujetar en la cintura ciertas prendas de ropa», según el diccionario de la Academia, que señala que es sinónimo de correa, cinto y cinturón. A esa añade otras acepciones, como ‘cintura donde se ciñe la pretina' y ‘parte de los calzones [...] que se ciñe y ajusta a la cintura'. En ámbitos de la confección también se llama pretina a la estructura con la que se hace la cinturilla del pantalón y a esa pieza.
La confusión viene de que en el castellano de Galicia se emplea petrina por pretina, y el gallego petrina es la ‘abertura na parte dianteira dos calzóns, calzas, cirolas, pantalóns, etcétera'. Lo que en castellano no es la pretina, sino la bragueta. Asimismo, hay aquí una forma popular del término, pitrina, sin registro en los diccionarios. El portugués también tiene petrina, allí ya anticuado, pero con el sentido del pretina del castellano.
Tanto pretina como petrina tienen un origen común, el latín pectorina, de pectus, -oris, ‘pecho'. Excepto cuando petrina es el femenino de petrino, adjetivo que se aplica a lo relativo a san Pedro, como en primado petrino y primacía petrina, que aluden a la posición de liderazgo que Jesús concedió a Pedro sobre el resto de los apóstoles.
Pero no busquen petrina en los diccionarios de español, pues no está ahí. Choca que el DLE no registre este sustantivo, ni con la marca de desusado, pues es término empleado desde el siglo XV. Lo utilizan, entre otros, fray Luis de Granada, Góngora, el padre Isla y hasta Cervantes: «... entre unos olivares, me desnudó, y con la petrina, sin escusar ni recoger los hierros, que en malos grillos y hierros le vea yo, me dio tantos azotes que me dejó por muerta» (Rinconete y Cortadillo, 1613).