La involución como síntoma

Xose Carlos Caneiro
Xosé Carlos Caneiro EL EQUILIBRISTA

OPINIÓN

02 feb 2026 . Actualizado a las 10:53 h.

En el año 1977 el Club Siglo XXI invitaba a Santiago Carrillo, líder del Partido Comunista de España, a dictar una conferencia en Madrid. Su presentador fue Manuel Fraga Iribarne. El invitado aceptó la propuesta; el presentador, también. Acudieron más de 2.000 personas. La nota de prensa del Club Siglo XXI afirmaba, taxativa: «Símbolo de reconciliación de las dos Españas». Santiago Carrillo declaró: «No tengo la pretensión de lograr el asentimiento de los miembros del Club Siglo XXI a nuestras ideas, pero me basta, señores, la prueba de civismo que han dado ustedes esta noche escuchando con respeto a un hombre que está quizá en las antípodas ideológicas de la mayoría de los presentes. Me basta la actitud del señor Fraga, afrontando seguramente críticas por presentarme aquí esta noche». Y aquí quedó la historia. Fue un ejemplo de tolerancia. De democracia. Por desgracia, pasados cincuenta años desde entonces, me encrespa la amarga sensación de que España ha involucionado en cuanto a las libertades. Sé que tendré que demostrar mi aserto. Voy con ello.

Hace pocos días, el reciente ganador del Premio Nadal renunció a asistir a un encuentro cultural que había aceptado previamente. Su razón fue: «No puedo verme en el mismo cartel que estos dos individuos». Los individuos eran, en primer lugar, José María Aznar, que gobernó España durante ocho años y en su última legislatura obtuvo 183 diputados, una rotunda mayoría absoluta. El otro, Iván Espinosa de los Monteros, que antaño fue portavoz de Vox en el Congreso; renunció a su acta de diputado en el 2023 y actualmente dirige el laboratorio de ideas denominado Atenea. Ninguno de los dos es sospechoso de ser antidemócrata. Sin embargo, para algunos miembros de la izquierda, ambos lo son. Y el actual pilar de la literatura progresista, David Uclés, no ha querido desaprovechar la oportunidad de hacerse fuerte entre los suyos. No le abandonarán jamás. Desde el momento en que uno se declara políticamente correcto y machaca al adversario (la derecha), sabe que jamás le faltará el favor de sus acólitos. Sin embargo, sus camaradas saben que la función toca a su fin. El relato lo han ganado hace años, pero hay millones de personas que ya no comulgan con ruedas de molino. Lo de Uclés y su renuncia es simplemente un negocio, nada más. Reitero, los suyos no le abandonarán. Y los suyos, desde Iñaki Gabilondo a Ian Gibson, han sido los que le han dado alas a su novela La península de las casas vacías, que yo he leído con estupefacción: son cuentecillos hilados con azúcar del bum hispanoamericano y pegados sin criterio diegético alguno. España ha dejado de ser España y ahora es península. El muchacho ha encontrado su sitio. Hasta han suspendido el evento, algo que el escritor considera «una victoria». Pero son solo negocios, reitero. Su intolerancia y desprecio a los que no opinan como él son síntomas de la involución, tristísima, que padecemos.