El sueño de un mundo globalizado asentado en el paradigma de los derechos humanos y en la búsqueda mancomunada del bien común se ha hecho añicos en las últimas semanas. Si bien ya estaba gravemente herido desde la invasión de Ucrania por parte de Rusia, saltó en mil pedazos el pasado día 2: no por la intervención de EE.UU. en Venezuela en sí misma, sino por la bochornosa justificación que dieron las autoridades norteamericanas. A lo que se ha añadido el tema de Groenlandia y todo lo que está pasando.
Hace tiempo que vengo hablando de que estamos abocados a un fin de civilización. Por desgracia, no soy el único que lo piensa. Y, por otra parte, ha sucedido varias veces en la historia de la humanidad: ahí están, para quien quiera verlos, los ejemplos del imperio chino, del Egipto de los faraones, del imperio Romano o, también, del imperio español tras la conquista de América. El problema es que ahora, por primera vez, este final de civilización puede tener dimensiones planetarias, cuando lo sucedido anteriormente se reducía a una determinada región del mundo. El ser humano es el único animal que tropieza dos veces (o las que haga falta) con la misma piedra.
Nos encontramos a merced de tres egos que buscan la supremacía a cualquier precio: Trump, Putin y Xi Jinping. Es triste que la humanidad esté en esta situación. Haciendo mías las enseñanzas de Julián Marías, mi recomendación, con todo, es que intentemos evitar el nuevo tropiezo, cada uno desde su responsabilidad y capacidad.