Me dice mi hija que escriba sobre los hombres. Parece que últimamente la figura del hombre, sobre todo del marido, en películas y series es cercana a la de un semoviente idiota. Yo lo vi en Innato, una serie en la que trabaja Elena Anaya, y donde hay un marido que es un cero a la izquierda. Mi hija, que tiene un niño de seis años, se queja del padre de Pepa Pig, que la animación trata como a un perfecto descerebrado. Yo no sé si tiene razón, pero es cierto que hay una tendencia a resaltar la inteligencia de las mujeres, que piensan, toman decisiones, pasan a la acción, frente a los hombres, que no saben nada, no entienden nada, no deciden nada. Las mujeres, en esas escenas, hablan entre ellas en voz baja de cosas graves, y miran al marido de reojo para que no se entere.
Antes, en las películas, para escapar corriendo del asesino los hombres tenían que agarrar a las mujeres, que aún así la mayoría de las veces tropezaban y se caían, debido a la natural torpeza de su sexo. Mujeres cuyo único objetivo en la vida era saltar en minifalda durante los partidos de fútbol americano y encontrar marido.
Es verdad que mi hija no quiere que las personas de seis años crean lo uno o lo otro y ahora, desde su innegociable feminismo, reivindica la figura del hombre, del marido, como un compañero, un igual, y no un mero actor de reparto. Un actor de reparto idiota. Pero es cierto que por lo menos los hombres, incluso ahora, cuando corren no se caen.