La semana venía cargada de noticias inquietantes: las matanzas en la contrarrevolución iraní sumaban millares de asesinados (el régimen reconocía unos 3.000). Groenlandia y Dinamarca decían que no querían venderse a Trump pero que negociarán no sé qué. En España se versionaba aquel primer capítulo de Black Mirror —con su chantaje, su espectáculo y su indignidad — entre nacionalistas, Pedro Sánchez y las demás autonomías. El jueves, sin embargo, todas las cadenas hablaban de un único tema, de Iglesias. No me refiero a las casi 20.000 iglesias que los terroristas musulmanes han quemado o inutilizado de diversas maneras en Nigeria en los últimos años. Como si hubieran arrasado una cifra algo inferior al de iglesias católicas en España, pero en un territorio mucho mayor y con casi 200 millones de habitantes. Porque Nigeria es el gigante de África y uno de los mayores países del mundo. Pero no cuenta, pese a las decenas de miles de muertos, a los centenares de niños y profesores secuestrados, y a los millones de desplazados que el terrorismo islámico ha producido.
Hollywood no dice nada ni hay manifestaciones ni pancartas en las universidades. Los políticos evitan el asunto o lo disfrazan como enfrentamientos entre pastores y granjeros. O en rivalidades raciales y geográficas. Pero los muertos, en realidad, tienen una condición común: son casi todos cristianos y, claro, algún musulmán. León XIV se ocupó del problema en un duro discurso dirigido al cuerpo diplomático. Lo pronunció a finales de noviembre. Un discurso lleno de intención que los medios obviaron. No interesaba. Tampoco Nigeria interesa, salvo a China. Y a Trump desde hace unas semanas. Aquí también quemamos Iglesias, Julio.