¿Menos Europa? Al contrario, más Europa
OPINIÓN
No comparto la tesis de los que opinan que no son tiempos para más europeísmo. Todo lo contrario, creo que precisamente en este tiempo presente global, agitado y de confusión, es cuando necesitamos los europeos ahondar más en nuestros valores como civilización, en la unión, en la defensa de libertades y derechos, pero también en las obligaciones y responsabilidades que tenemos no solo con nuestra generación sino con las generaciones futuras. Son las crisis las que han hecho avanzar a Europa. Un paso atrás y dos para adelante.
Ciertamente, queda mucho camino para recorrer, pero si echamos la vista atrás las conquistas han sido espectaculares, sobre todo en el campo social y económico. Los padres fundadores que firmaron el Tratado de Roma (1957) estarían orgullosos de la libertad económica y social, e incluso nos pedirían profundizar más en esta posibilidad. Como también creo que están orgullosos los firmantes del Tratado de Maastricht (1992) —algunos aún viven—, que dio lugar a la unión monetaria y al euro. Claro que hay problemas, como los nacionalismos excluyentes, la burocracia, el exceso de regulaciones y normativas, la inmigración irregular descontrolada, la armonización jurídica y la armonización fiscal y, por supuesto, la unidad en cuanto a política internacional y la defensa, entre otros.
Los enemigos de Europa, externos e internos, pretenden socavar los valores y los principios que nos han llevado a la unión. Actúan como un riesgo sistémico al que debemos enfrentar con firmeza y tenacidad. Para ello hay que ceder soberanía y esta es la cuestión más compleja que deben abordar los 27. ¿Puede haber dos velocidades con condiciones? Es posible, no lo sé. Por eso resulta interesante estudiar, observar y profundizar en los acuerdos firmados por el Reino Unido y Francia el pasado verano, conocidos como la Declaración de Nortwood. Puede ser un principio de partida, al menos en materia de defensa, aunque no es, obviamente, el único. Tampoco podemos prescindir de la OTAN, ni de nuestro alineamiento con los Estados Unidos (porque Trump pasará).
Los españoles —y particularmente los gallegos— no debemos olvidar nuestra historia porque también forjó la de Europa cuando, impulsada por los monjes franceses de Cluny, Santiago de Compostela se convirtió en el epicentro espiritual del continente. Gentes de todos los pueblos —reyes, nobles o gente humilde, fueran latinos, germanos, celtas, anglosajones, eslavos o nórdicos y vikingos—, sin distinción de origen ni raza, contribuyeron a forjar Europa desde hace más de mil años peregrinando a Santiago. No se entiende Europa, su alma, sus valores y principios, sin conocer lo que fue y es Santiago de Compostela. Tampoco lo que es Galicia y los gallegos, tan apegados a la tierra, con sus tradiciones, su idioma, su cultura, su idiosincrasia, pero también tan europeos y universales.
Me viene a la memoria el discurso del papa Juan Pablo II en Santiago, un 9 de noviembre de 1982, la misma fecha pero siete años antes de la caída del muro de Berlín: «Yo, obispo de Roma y pastor de la Iglesia universal, desde Santiago te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes…».