Afirmó el presidente de La Voz de Galicia, Lois Blanco, que los medios nos debemos a la información veraz. Lo aseguró en la entrega, a principios de este mes, del Premio Fernández Latorre a un expresidente de la Xunta y docente universitario, Fernando González Laxe. Vino como anillo al dedo. Laxe, tras una vida de trabajo, está bendecido precisamente por la credibilidad. La Real Academia Española define veraz como quien dice, usa o profesa siempre la verdad. Recuerdo este mandamiento por la aparición del libro homenaje a un dos nosos, Nacho Mirás Fole, diez años después de que lo perdiéramos. Se titula Mirás, xornalismo gaiteiro y es lo mejor que pueden regalar esta navidad. Recopila muchas de las crónicas y entrevistas que publicó en La Voz.
Nacho Mirás recogía el guante de José Luis Alvite cuando este decía que era su heredero. No es exacto. Es una frase entre amigos y excelentes profesionales. Alvite se inventaba el periodismo. Ese camino de sus fabulaciones le llevó a la excelencia con la serie Crónicas de Nunca, las Entrevistas de Nunca Jamás y, finalmente, al ambiente único del Café Savoy, que lo convirtió en un fenómeno del periodismo nacional. Los dos compartían el talento. Pero el periodismo de Nacho Mirás era veraz, esa era su gran habilidad. Alvite era la guinda, una excentricidad necesaria e imbatible. Pero Nacho Mirás era un periodista de calle, como en ese volumen de homenaje le llama Xoán A. Soler cuando dice que lo consideraba un fotoxornalista, porque Nacho, como ellos, fotógrafos y cámaras, siempre estaba con los pies en medio de las rúas. Mirás era heredero de Alvite en lo genial. Pero contaba lo que veía, jamás lo que soñaba. Sabía muy bien los marcos del periodismo veraz. Conseguía que sus reportajes se leyesen con claridad. Sus metáforas eran de agua transparente. Aportaban. Era texto y contexto, los dos elementos que harán que los medios pervivan.
Alvite y Nacho Mirás vienen, como tantos de nosotros, de Xosé López, delegado histórico de La Voz en Santiago, cuando La Voz estaba en la rúa do Vilar. Xosé López, que participa en el libro, es para muchos un padre profesional. Luego ha sido y es una figura clave en la Facultade de Xornalismo en Compostela. Hombre justo donde los haya, Mirás mamó de él el reflejo de los hechos, con los efectos especiales justos. Entrar en el Savoy que inventó José Luis Alvite es un alucinógeno en cuatro dimensiones. Leer la crónica del entierro de Fraga en Perbes de Mirás Fole, esa que dice que «cuando el cardenal Rouco llegó a Perbes para enterrar a Fraga, Fraga (puntual) ya estaba allí», es una experiencia en tres dimensiones, sin faltar a la verdad. Los periódicos precisan a Mirás. Y se ponen estupendos y se adornan con Alvite. Todo multiplica. Pero a mí lo que más me atraía de cualquier pieza que leía de Nacho Mirás, una firma que buscaba, era cómo asomaba a los entrevistados a su espejo hasta sacarles frases que eran definiciones, con ese toque de gracia que lo hacían accesible a todos los públicos. Un periódico es para todos los públicos o no es. Ir, ver, escuchar y contar. Parece fácil, pero solo si lo hacía Nacho Mirás Fole, con una foto de Xoán A. Soler.