Las tentadoras y los agresores

Yashmina Shawki
YASHMINA SHAWKI CUARTO CRECIENTE

OPINIÓN

Maria Pedreda

21 dic 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Hasta hace bien poco y, aún hoy en día, las mujeres eran y somos consideradas como objetos de deseo y botín de guerra. Durante milenios, la superioridad física del varón impuso una forma de vida. El sometimiento familiar y social, la prohibición de acceder a una educación digna, la dependencia económica, el temor al rechazo público y la opresión por normas sociales y religiosas que las relegaban a funciones reproductivas y de cuidado de toda la familia dentro del hogar eran la práctica habitual en cualquier parte del planeta. Además de subyugadas, las mujeres, tentadoras por el simple hecho de nacer, cargaban sobre sus hombros el «supuesto» honor familiar sin que ello implicara ningún otro derecho más allá de respirar. Aquellas desafortunadas que eran casadas con maltratadores o eran violadas por cualquier desalmado tenían que soportar el infierno en vida o directamente la muerte como si ellas fueran las culpables.

Por eso, a lo largo de la historia, las madres y abuelas han transmitido a sus hijas y nietas patrones de comportamiento dirigidos a protegerlas, en la medida de sus posibilidades, de las agresiones a las que su vida podría someterlas. Desde no salir a la calle solas por la noche a mantener la distancia con cualquier hombre desconocido, fuera cual fuera la circunstancia en la que se encontraran. Estas pautas eran el único medio que existía para evitar ser acosadas, pero implicaban una restricción en la libertad de movimiento y expresión. Una cárcel en vida que aún sufren las mujeres en Afganistán y en otras partes del mundo.

Con la llegada de la democracia, nuestras abuelas y madres lograron el reconocimiento de los derechos por los que habían estado luchando cada día en un entorno manifiestamente hostil. La convivencia con el tradicional machismo fue dando paso al imparable ascenso de las mujeres en todos los ámbitos hasta llegar al techo de cristal. Esa barrera transparente que nos deja ver todo aquello a lo que podemos aspirar pero que nos impide alcanzarlo.

Y en ese ascenso hacia nuestras legítimas aspiraciones, ya fuera en la empresa privada o en la pública, la mayoría hemos tenido que esquivar comentarios obscenos, miradas inapropiadas y comportamientos inaceptables. La ausencia de pruebas materiales que pudieran corroborar estas agresiones y la permisividad social han propiciado que las denuncias se hayan perdido en el maremagno del bien superior. La mujer que denuncia es una amargada vengativa, no una víctima indefensa. Pero esta tolerancia y esta ocultación sistemática han llegado a su fin porque ya no consentimos que se nos ningunee. Ni techo de cristal ni babosos. Las mujeres no somos tentadoras, los que nos agreden son simplemente agresores.