Ahora que algunos pretenden que compitamos con la inteligencia artificial, no que la IA nos sirva de asistente, se hace más necesario que nunca reivindicar nuestra condición de frágiles. Somos humanos porque somos falibles. No somos perfectos. Hay un libro maravilloso, Maestros antiguos, de Thomas Bernhard, que explica que las grandes obras de arte lo son por sus errores. Cuando creemos que los genios son superiores y no se equivocan, demostramos que no tenemos ni idea. Casablanca quedó en el cine por sus fallos y sus improvisaciones. Bernhard fue despreciado y no recibió el Nobel. La Academia Sueca ha intentado corregir su pena entregándole el premio hasta a tres autores que son versiones pálidas de Bernhard (Elfriede Jelinek, Herta Müller y, el de este año, László Krasznahorkai). No reparan la herida. El austríaco Bernhard, aunque nacido en los Países Bajos, pensaba que la perfección y el todo no representan la realidad. Defendía que el hombre lo es por sus derrotas. Y que era precisamente la herida la que mejor conducía a un arte que solo es auténtico cuando no es capaz de alcanzar la humana aspiración de completar el universo.
No somos robots. No lo seremos nunca. El mundo era mejor cuando no había dos cafés iguales. Cuando los cafés no eran de cápsulas. Bernhard parece que repite mucho. Lo hace a propósito. Su estilo es un estribillo que no descansa. Es su manera de remarcar que la verdad siempre es parcial, que no hay absolutos. Benditos amagos de repeticiones. De las presuntas repeticiones llegan las variaciones; y de las variaciones, la realidad fragmentaria, que es lo único auténtico. La felicidad son segundos, instantes, o no sería felicidad. Uno de los personajes de Maestros antiguos va a ver el mismo cuadro de Tintoretto todos los días a un museo de Viena. El famoso Hombre con barba blanca. Nunca lo ve completo. Eso es la belleza. Descubre los errores, la mano del pintor que se equivoca. Ahí reside su grandeza, esa mirada que nunca es la misma. No somos copias. Tenemos un alma que sufre. También los artistas. Beethoven se equivocaba. Goya se equivocaba. Es lo que intenta explicarnos Bernhard. El que cree que lo tiene todo, que lo comprende todo, no tiene nada, no comprende nada. Hay que repetir las palabras hasta que tropezamos. Hay que tropezar para levantarse. El papa visto de cerca es un humano más. Y esa sí que es su auténtica grandeza. Cada vez nos sentimos peor por culpa del espejo de las redes sociales. Es justo lo contrario. Hay que exhibir los fallos, las fallas que demuestran que podemos ser volcanes, si deseamos. La IA imita, con un nivel que aporta mucho, pero el que la usa es un humano. Nunca reflejará el temblor del pincel. Querrá hacerlo, pero no podrá. La errata define más que el acierto programado. La salud mental de nuestros jóvenes se derrumba. Debemos explicarles que los humanos vienen de la derrota. El dolor forma parte de las vidas. A veces, les da sentido. Los filtros de las aplicaciones exhiben una perfección y una totalidad que no es propia de los hombres. Lean más a Bernhard, que no dejó cabeza sobre los hombros ni sobre los hombres, solo para recordarnos que todos, él incluido, somos títeres. Hay que reírse más de uno mismo y competir menos. Y que mañana nos toque el gordo más deseado.