Hace ahora once meses, la directora de contenidos de Netflix, Bela Bajaria, lanzaba una predicción para el 2025 que, revisada estos días, parecía estar avanzando silenciosamente lo que estaba por llegar: «Es imposible estar del todo preparado para lo que se viene en Netflix». Todo el que la escuchaba pensaba entonces en sus títulos más populares, en esas series que en cuestión de días explotan en todo el mundo, en el éxito tasado en minutos de visualización. Nadie podía intuir la posibilidad de que la plataforma fuera a cerrar el año anunciando la compra de un gran conglomerado de cine y televisión, Warner Bros Discovery, y, con él, la de HBO Max, el servicio de streaming rival que más intenta diferenciarse de la fórmula magistral que predica la compañía de la gran N roja. Antes de jactarse de su calendario de series y programas, la directiva de la compañía dejaba en el aire una reflexión: «La televisión de prestigio es un mito». Ella, como los usuarios, sabía que esa etiqueta viaja pegada a la marca HBO más que a la suya propia. Cantidad y calidad, como dos baremos opuestos e irreconciliables. «Muchos de los que presumen de hacer televisión de prestigio tienen una audiencia muy pequeña», valoraba, sin acertar a explicar si el prestigio reside en una serie alabada por la crítica, en una que arrasa en premios o en una que está en boca de todos.