Recuerdo con nostalgia los días de infancia en los que confundía un resfriado con lo que equivocadamente denominábamos genéricamente como gripe. Evoco el quedarme en la cama sin acudir al colegio, y que mi madre me trajera un zumo de naranja recién exprimido para acompañar el desayuno o un vaso de leche caliente con miel y quizá unas gotas de coñac, mientras caía la noche. Y entre mi estado febril y el placer de la lectura de, por ejemplo, El conde de Montecristo, transcurrían aquellos tres días que rememoro como un recuerdo placentero. Fuera, en la calle llovía y era invierno.
La gripe es otra cosa, una epidemia más seria que un simple resfriado. Sus picos, previstos para finales de año o principios de enero, se han adelantado más de un mes y el alto porcentaje de ciudadanos que sufren la variante K de la enfermedad se ha disparado en comunidades como Galicia o Madrid, pese a la eficacia de las vacunas. Este año la gripe es altamente contagiosa.
El origen del término procede de la palabra francesa grippe, frente a la italiana influenza que es como se denomina en los países anglosajones. En 1918, cuando Europa estaba inmersa en el conflicto que había provocado la primera gran guerra, la mal llamada gripe española provocó cuarenta millones de muertos, la mayoría en Estados Unidos. Europa no se libró de la pandemia, aunque fue silenciada para no crear el pánico, que la prensa de un país neutral como España seguía puntualmente, ya que afectó duramente a nuestro país.
Ya había nacido cuando la amenaza real de la llamada gripe asiática llegó a España, en 1958, e inquietó sobremanera a mis padres, pues afectaba a los niños. Me libré de su contagio. Aquella pequeña epidemia originada en Hong Kong causó más de 1,2 millones de muertes.
La gripe causó el año pasado en nuestro país 1.800 muertes y obligó a hospitalizar a 33.000 personas. El covid provocó 510 muertes. Hay que tomarse muy en serio esta enfermedad que llega con el otoño y se queda con nosotros hasta que brotan los días luminosos de la primavera. La vacuna es el mejor, el único antídoto, para hacer más liviana la vieja enfermedad ya descrita por los clásicos grecolatinos.
Yo sigo manteniendo en el registro universal de mis recuerdos infantiles el sabor antiguo del zumo de naranja matutino y el de la leche caliente antes de que llegara el sueño.