De aquella mañana de otoño, el recuerdo más vívido es el de tropezarme con la Victoria de Samotracia en aquellas imponentes escaleras en las que la gente, apelotonada, intentaba acceder a la siguiente sala. El glamur se desvanecía entre las colecciones, especialmente al llegar a la sala de la Gioconda, donde el museo se transformaba en mercado y perdía, poco a poco, ese halo que proyectaba sobre la famosa escena de Tom Hanks y Audrey Tatou frente a la Virgen de las Rocas.
El museo más visitado del mundo se convirtió ayer en protagonista de un robo que bien podría ser el argumento de la saga de Danny Ocean, aunque con un poco menos de romanticismo y un poco más de ruido: un grupo de encapuchados ha entrado en el Louvre a través de una zona de obras para llevarse parte de la colección de joyas napoleónicas. Sí, habían estudiado el lugar. Sí. Fueron capaces de completar el atraco en apenas siete minutos. Sí, es la mayor brecha de seguridad desde el robo de la Mona Lisa a principios del sigo XX, cuando un antiguo trabajador la sacó sin levantar sospechas por la puerta y durante mucho tiempo estuvo desaparecida, hasta que un tal Leonardo citó al director de la Uffizi y un marchante de arte. Y no. No es una buena señal que el patrimonio de todos se enfrente, otra vez, a un golpe de película.