Sobre la noción y el papel del Estado
OPINIÓN
Simplificando mucho, los individuos de una determinada colectividad pueden organizar la vida en común de dos maneras bien distintas. Una consiste en que cada individuo, o grupo de individuos, haga uso real de su potencial intrínseco de violencia para lograr sus objetivos. Pensemos, sin ir más lejos, en el Lejano Oeste americano antes de que surgiesen los sheriffs o marshals de turno: a las primeras de cambio, se desenfunda el revólver y se dispara para resolver cualquier disputa o conflicto. El más rápido gana. Aunque extremista, «desenfundar y disparar» a las primeras de cambio no deja de ser una forma de organizar la ley, el orden y la justicia en una comunidad. De hecho, fue una práctica ampliamente extendida en muchas ciudades del Oeste americano entre 1830 y 1900, en el contexto de una sociedad capitalista en abrupta formación con recursos abundantes, oportunidades económicas y una feroz competencia. Basta recordar ciudades como Dodge City en el Estado de Kansas, Tombstone en Arizona (donde se produjo el famoso tiroteo de O.K. Corral), Deadwood en Dakota del Sur (donde sucumbió el legendario sheriff Wild Bill Hickok) o Abiline en Texas (punto de embarque de reses en el ferrocarril del Pacífico). En todas ellas, y otras muchas, los conflictos de poder que caracterizaron la expansión estadounidense se resolvieron a través de la violencia.
La otra forma de organización posible de una sociedad es que cada individuo o grupo de individuos renuncie a su (mayor o menor) poder individual para resolver a las bravas cualquier disputa. En este caso, cada individuo se olvida del revólver y endosa su potencial de violencia a una institución llamada Estado, y este pasa a concentrar el poder de todos ellos para erigirse en solucionador de conflictos. Veamos, si no, las ciudades del Lejano Oeste americano, cuando al sheriff o marshal, como empleado público representante de la autoridad estatal, se le transfiere el poder violento de cada individuo para convertirse en garante de la incipiente ley y orden. En este proceso de «formación del Estado», cabe pensar que cada individuo (racional) acepta transferir voluntariamente su cuota de poder si con ello considera que mejora en términos de bienestar; de lo contrario, preferirá retenerla y usarla de forma directa. Ahora bien, como no es posible que todos los individuos mejoren cuando cada uno transfiere al Estado su mayor o menor cuota de poder, el Estado —aun en su versión democrática— no deja de ser una construcción intrínsecamente imperfecta. Porque cabe esperar que con él muchos ciudadanos mejoren su situación de partida, mientras que otros verán empeorada la suya.
Y dado que el Estado —sea de tinte democrático o no— es una institución imperfecta, se corre el riesgo de que la imperfección se agigante cuanto mayor sea su tamaño, es decir, cuantas más funciones (unas menos propias que otras) aglutine. Es por ello por lo que, en principio, sería deseable limitar el tamaño del Estado antes que ver cómo se convierte en un ente mastodóntico con la (presuntamente democrática) idea de atender a las necesidades de la mayoría. En teoría, cabría pensar que el Estado fuese una institución que permitiese alcanzar dos objetivos básicos para mejorar la situación de partida de los ciudadanos. Uno, eliminar, o al menos mitigar, las externalidades negativas que existen por doquier en cualquier sociedad. No mencionaré la interminable lista, pero apuesto a que el lector se hace cargo. Otro, proveer las condiciones necesarias para que cada ciudadano pueda desarrollar su proyecto vital. El papel de redistribuidor de la renta y la riqueza que se atribuye el Estado con todo lo que ello conlleva —declaración grandilocuente cuando se autodefine progresista— queda en entredicho. Básicamente porque dicha redistribución no es tal, al no extraérsele rentas a quienes más tienen, sino a quienes resulta más fácil y cómodo arrebatárselas. Así, las desigualdades de renta y riqueza no dejan de aumentar, lo cual evidencia que la operatividad del Estado en materia fiscal es a todas luces deficiente. Ergo, inmiscuirse en este asunto menos de lo que lo hace y concentrarse más en las funciones básicas no estaría de más. El futuro dirá.