Medicina invisible

Carlos Sánchez Fernández de la Vega MÉDICO

OPINIÓN

XOAN A. SOLER

El futuro es una ilusión que creamos para seguir viviendo. En esas palabras se encierra quizá una de las verdades más sencillas y, al mismo tiempo, más profundas de nuestra existencia. El futuro no está escrito, no nos pertenece todavía, y sin embargo lo necesitamos como si fuera una medicina invisible.

Acompañando a personas en momentos de fragilidad se aprende que el futuro podía ser tan sanador como un tratamiento bien aplicado. No pocas veces, lo que sostenía a un paciente no era solo la certeza de un diagnóstico o la eficacia de un vendaje, sino la confianza íntima en que aún le quedaba por vivir una escena con su familia, un paseo, una conversación pendiente. Esa proyección, esa ilusión por lo que vendría, era en sí misma una forma de curación. En cambio, cuando alguien renunciaba al mañana, el presente se volvía insoportable.

El futuro no es un lugar al que llegamos, sino un camino que inventamos. Cada palabra dicha, cada gesto ofrecido, cada decisión que tomamos, incluso la más pequeña, va trazando la silueta de ese horizonte. A veces lo construimos con paciencia, diseñando proyectos que nos orientan durante años. El pasado, lejos de ser una carga, es el suelo fértil sobre el que crecen esas proyecciones. Las derrotas, los fracasos y los errores, tanto como los logros y las alegrías, nos preparan para imaginar nuevas posibilidades. El pasado nos enseña que la vida no es lineal, que hay giros y quiebras, y que precisamente ahí, en lo imprevisible, radica nuestra capacidad de reinventarnos. Lo que nos sostiene no son solo las certezas, sino la esperanza. La ciencia ofrece respuestas, pero es la ilusión del mañana la que da sentido a levantarse cada día. Esa ilusión no es un engaño, no es un consuelo infantil: es la forma más humana de seguir respirando, creando, amando.

El futuro, una ilusión que creamos para seguir viviendo, nos recuerda que nada está cerrado mientras mantengamos la capacidad de imaginar. Que incluso en la vejez, en la enfermedad, en la incertidumbre, siempre hay una chispa de lo posible. Y quizá la tarea más noble de nuestra vida consista precisamente en eso: en no dejar nunca de proyectar un mañana, en alimentar la esperanza que nos mantiene en movimiento, en aceptar que somos, al fin y al cabo, artífices de un futuro que inventamos cada día.