Aranceles: cuando el tiro sale por la culata
OPINIÓN
El equipo económico de Trump ha activado una de sus armas favoritas: los aranceles. El anuncio de nuevas tarifas al 10 % sobre todas las importaciones vuelve a poner al mundo en alerta. Y con razón. Un estudio recién publicado por Fedea, firmado por Jorge Alonso Ortiz y José María Da Rocha, aproxima el impacto inmediato de esta estrategia unilateral sobre la economía global. Y los resultados no son precisamente reconfortantes.
Utilizando un modelo de equilibrio general estático, el estudio simula los efectos de la imposición de un arancel uniforme del 10 %. La conclusión es clara: el PIB mundial caería un 0,70 % y el estadounidense un 0,82 % en solo un año. Más aún, si se escalara la medida —como ya ha ocurrido en anteriores mandatos— y se impusieran tarifas del 25 % a México y Canadá, del 15 % a la UE y del 145 % a China, el PIB global se desplomaría un 3,38 % y el de EE. UU. un 3,78 %, con un coste asimétrico pero devastador. Los efectos se propagan por toda la cadena de valor internacional, afectando incluso a sectores que no exportan directamente. Eso sí, el país que dispara el arancel es el primero en sangrar. Lejos de reindustrializar el país sin dolor, como prometen ciertos discursos, el proteccionismo generalizado reduce la renta real, encarece el consumo y penaliza a los propios trabajadores.
El llamado «efecto bumerán» se confirma: EE.UU. es la economía más perjudicada, la que más reduce su apertura, su PIB y su liderazgo en las redes productivas globales. Nada que no supiésemos sin necesidad de mover un lápiz.
La lección de fondo es sencilla pero incómoda: en un mundo de intensas redes productivas, los aranceles no cierran puertas, solo desvían contenedores. Parafraseando mal y rápido el principio clásico de la física (no, no fue Einstein), el comercio no se destruye, solo cambia de puerto. Y lo hace, además, de forma desigual: países como México o Corea del Sur ganan cuota, mientras que los más integrados en la cadena estadounidense —como Canadá o la propia UE— ven cómo se reducen sus flujos sin capacidad de reacción. El modelo empleado, además, asume rigidez en las cadenas de suministro a corto plazo, lo que refleja mucho mejor la realidad que otros marcos más optimistas donde las empresas cambian de proveedor como quien cambia de camiseta.
Por eso, los precios absorben el shock, no las cantidades. Lo que no se incluye son las potenciales represalias de los países afectados. Si las hubiese —como en los años 30— el daño sería aún mayor. En ese sentido, los resultados comentados deberían encender alarmas no solo en Bruselas o Pekín, sino también en Ferrol, en Vigo o en cualquier lugar donde la economía dependa de los equilibrios exteriores.
¿Y Galicia? Aunque el estudio no entra al detalle territorial, no cuesta imaginar el impacto en sectores como el textil, la automoción o la alimentación, todos ellos sensibles a los precios internacionales y a la fluidez logística. Cadenas logísticas tensionadas y costes energéticos más altos no son, precisamente, buenas noticias para una economía periférica e industrial como la nuestra. Trump detuvo la ruleta, pero todos sabemos cómo funciona: hoy se frena, mañana gira de nuevo. Y mientras tanto, el resto del mundo —nosotros incluidos— sujetamos la mesa.