La entrada en vigor del real decreto que obliga a los establecimientos hoteleros a recabar un volumen de datos privados de sus huéspedes que supera lo acostumbrado supone instalar al Gran Hermano en la recepción, contraviniendo los principios de minimización de datos y de limitación de finalidad establecidos en el Reglamento General de Protección de Datos.
Datos del cliente innecesarios para la prestación del servicio, como sus números de teléfono fijo y móvil, el correo electrónico o el IBAN de su cuenta bancaria se convierten ahora en botín de información. El Gobierno justifica su datofagia por la «logística del alojamiento» en el modus operandi del terrorismo y el crimen organizado. Pero el argumento parece salido del Ministerio de la Verdad orwelliano: terroristas y criminales organizados saben perfectamente cómo obtener números de teléfono, direcciones de correo electrónico y números de cuenta efímeros, generados en servidores no rastreables de países intocables. Ello, aun suponiendo que digan la verdad al registrarse, lo que es mucho suponer tratándose de malhechores.
Así que, en tanto el Tribunal de Justicia de la Unión Europea no reprenda al Gobierno español por esta intromisión en el derecho a la intimidad de los viajeros, se multiplicarán los riesgos por fugas de datos y se dispararán las sanciones a los hoteles por gestionar de manera inapropiada información que estos jamás han tenido el menor interés en recabar.
Cuenta el Gobierno con una reacción popular pareja a la de los habitantes de la distópica Oceanía de 1984 frente a la omnipresente vigilancia: conformismo, obediencia y, a lo sumo, romántica pero ineficaz resistencia. Pasividad arraigada en la falacia del «a mí no me preocupa la pérdida de privacidad, porque no tengo nada que ocultar», tantas veces refutada tras la irrupción de regímenes totalitarios. De hecho, común a todos ellos ha sido la recopilación compulsiva de información sobre sus sujetos en forma de archivos y dosieres para ser empleada después como herramienta de coerción y represión. Si el acopio de datos en los hoteles es de magra utilidad frente al terrorismo y el crimen organizado, cabe preguntarse el porqué de esta sobrevenida infoglotonería. El protagonista de otra distópica novela de Philip K. Dick, Una mirada en la oscuridad, a la vez víctima y agente de una sociedad hipervigilante, ofrece una posible respuesta: «Yo debería estar siempre observando, observando y analizando, incluso si nunca hago nada respecto a lo que veo; incluso si simplemente me quedo sentado y observo en silencio». Inquietante síndrome de Diógenes de un estado que atesora datos porque tal vez encontrará un uso para ellos en el futuro. Inquietante como el Hotel California, porque puedes dejar la habitación cuando quieras, pero realmente no te puedes ir.