Érase una vez un murciano que vino a Galicia, aparcó en la rampa de un muelle pesquero, subió la marea y el coche acabó enchoupado como un muxel. Qué paria el murciano. Qué burro de libro, desconociendo cómo se las gastan las rías con las mareas, que son como los gallegos y no se saben si suben o bajan. Qué risas.
Un chiste viral en el escupidero de las redes sociales, vale. Dos, también. Tres ya cheiran. Y siete tazas de retranca juntas, aderezadas con insultos al conductor y su familia, directamente, son borrachera. Esto no va de hacer una crítica pausada y racional del turismo a destajo, que bien merecería la pena. Esto va de mofarse del prójimo, colocándole por decreto el cartel de chuleta a todo aquel que llega de más allá del Padornelo sin importarnos que, en la Galicia del «ti vai facendo», el recebo de cemento y de coger el coche hasta la cocina, de cumplir normas también andemos regularcillo.
La mofa al turista se concentra entera en el término «fodechincho». Claro que hay veraneantes de la cofradía de la virgen del puño y cansinos. Pero los hay de Madrid y de Coristanco. Que la tontería siempre anda repartida. Un poquito de por favor y empatía, que todos tenemos gambadas en la chistera. A mí me llega con acordarme del día que, ya universitaria, por primera vez me bajé del tren en Pontevedra y crucé las vías porque desconocía que había pasos subterráneos. Y no soy de Murcia, sino de la Galicia profunda y sin ferrocarril, a mucha honra lo primero y por desgracia lo segundo.