Talaso Atlántico merece un final feliz

Antonio Monturiol Jalón DISEÑADOR INDUSTRIAL Y ESCRITOR

OPINIÓN

JANET GONZALEZ VALDES

19 ene 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

He pasado unos días en el Hotel Talaso, de Oia, y me he vuelto a encontrar con el clásico absurdo español que tanto perjudica a nuestro comercio, a nuestra industria, a nuestro progreso, a nuestro bienestar y a nuestras vidas, y que Unamuno expresó así: «¡Qué inventen otros!» El hotel Talaso nació por iniciativa de un empresario baionés que comprometió su patrimonio en una aventura arriesgada que da mucho trabajo en un lugar donde realmente escasea, y que ha sabido dar, además, muchas satisfacciones a miles de clientes. Hoy su éxito nos puede parecer natural, e incluso sencilla la decisión que tomó, pero el esfuerzo que tuvo que realizar para llevarlo a buen puerto fue enorme. Hay que tener en cuenta que cuando abrió no existían consumidores de talasoterapia en España, y hubo que “inventarlos”. Pero en nuestro querido país parece que no nos gustan los valientes, y en iniciativas como esta no tarda nunca en aparecer alguien que intenta echar por tierra lo que es tan beneficioso para su comunidad. ¡Qué inventen otros!

Somos tierra de pioneros, de grandes descubridores, de gente audaz y valiente, que una y otra vez tienen que luchar contra un gigantesco enemigo: el vecino. El vecino envidioso, el vecino que en su pequeñez no tolera la audacia de quien vive a su lado, el vecino que no soporta ningún éxito personal. Desde Colón, todas nuestras grandes conquistas y epopeyas las hemos intentado destruir en base a la envidia, siempre destructiva. Cervantes, lo pone en boca del Quijote: «¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Otros vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos, rencores y rabias». Y también despropósitos y pobreza, añadiría yo.

Hace doscientos años España acometió la mayor gesta sanitaria de la historia universal, en la que tuvo especial protagonismo la ciudad de A Coruña, que conocemos como la Expedición Balmes. Esta iniciativa también contó con detractores, pero logró finalmente zarpar de puerto porque hubo altitud de miras, interés por facilitar su éxito, magnanimidad, pero hoy no lo hubiera conseguido. Los detractores del presente se lo hubieran puesto mucho más difícil con pretextos ridículos en comparación a su empresa: ¿No le falta a usted, doctor Balmes, un papel por cubrir? ¿Tiene usted, enfermera Zendal, todos los cursos de capacitación hechos? Estas dos preguntas bastarían hoy para acabar con tan extraordinario proyecto.

Llevo sangre de dos ilustres inventores españoles, Narciso Monturiol, por parte de padre, y Manuel Jalón, por parte de madre. El primero construyó el primer submarino que navegó sumergido de forma autónoma, y el segundo inventó la fregona y la jeringuilla de un solo uso que se popularizaron por todo el mundo. Como tantos otros inventores, tuvieron en frente a enemigos que en lugar de trabajar a favor del progreso, intentaron perjudicarlo. El submarino de Monturiol llegó a sumergirse treinta metros y a navegar durante más de tres horas, realizando ensayos de recogida de coral y también de armas de fuego. Guardo yo de ello, con celo, documentos que lo prueban. Pero Monturiol fue diputado republicano, y la llegada de un nuevo gobierno en tiempos de la restauración monárquica impidió que la industria española terminara de concluir un proyecto que hubiera puesto a la armada española una vez más en vanguardia. Quien sabe si gracias a ello hubiéramos conseguido que la armada americana no nos derrotara en Cuba, ni tampoco en Filipinas. El submarino de Isaac Peral llegó ya demasiado tarde. En cuanto a Manuel Jalón, su invento de la fregona supuso una auténtica revolución social, pues puso en pie a la mujer que fregaba, cambiando su perspectiva de la vida y devolviéndole toda su dignidad. Contribuyó además a la desaparición de una enfermedad muy dolorosa, que con frecuencia contraían las mujeres que fregaban suelos, la bursitis de rodilla. Con el éxito cosechado con este invento, Jalón desarrolló una jeringuilla hipodérmica que hoy sigue triunfando en el mundo, pero esta empresa la tuvo que vender finalmente a una multinacional extranjera, después de descubrir con gran tristeza que los bancos y el poder político le abandonaban en el momento crucial de su expansión. Esta decisión de vender le permitió esquivar la ruina personal, cosa que no consiguió evitar Narciso Monturiol.

Si la ciencia y la industria españolas están hoy a la cola del mundo occidental no es por falta de mentes lúcidas, no es por carecer de gente con una alta cualificación profesional y capacidad inventiva, sino por las trabas que padecen, que cercenan cualquier estímulo a favor. Pondré un ejemplo muy sencillo pero real: Para normalizar en España un nuevo producto del sector de la construcción y poder venderlo hay que pasar un examen técnico en un centro tecnológico homologado, donde entre otras cosas se exige, para la prueba, que el producto demuestre haber sido utilizado antes en alguna obra. ¡Se pide un imposible!: Se prohíbe vender el producto antes del examen, pero para pasar el examen hay que demostrar habérselo vendido a alguien. ¿Quién va a investigar bajo tales condiciones? Nadie. Nuestros políticos han de saber dar un paso adelante para quitar los incómodos corsés que limitan los movimientos de los investigadores y de los emprendedores, y facilitar la iniciativa privada. En el sector turístico la realidad es algo más favorable, pues siempre hubo en él una cierta flexibilidad, pero poco a poco la hidra reguladora va acomplejando más al emprendedor.

Conocer el caso del hotel Talaso me ha llegado al alma, pues me ha despertado ese sentimiento de abatimiento que hoy contrista el corazón de todo empresario español, que se pregunta: ¿Para qué empujar hacia delante, si todo van a ser trabas? Qué dura realidad. ¿Por qué aquí no sabemos identificar el valor de las cosas bien hechas? ¿Por qué puede más el gusto por deshacer, por ver doblar la rodilla al vecino, antes que verlo victorioso? Como diseñador que soy, he de decir además que el edificio del Talaso está perfectamente bien integrado en el paisaje en el que se encuentra. Por la horizontalidad de sus líneas, por el movimiento de sus fachadas, y por hallarse inmerso en un paraje natural, me recuerda a la archifamosa Casa de la Cascada, del genial arquitecto Frank Lloyd Wright, considerada por muchos la obra maestra de la arquitectura estadounidense. Quiero subrayar con este último comentario que el Talaso es mucho más un bien a conservar, por la suma de aspectos positivos que encierra, que un enemigo a batir.

Confiemos en que el caso del Talaso, un centro de descanso y de terapias marinas pionero en España, tenga un final feliz. No sería el primer caso de un edificio condenado primeramente a la demolición que luego ha sido amnistiado por una ulterior sentencia favorable. No hay forma más perfecta de hacer país que no desandar lo ya andado, que no poner a cero lo ya programado, que no desanimar al que tiene iniciativas, que no derribar lo que ya se ha construido, en especial cuando lo que ya se levantó demostró ser provechoso para la comunidad. Hacer lo contrario es contribuir al hundimiento nacional, y realmente ya no estamos para muchas bromas. Desde aquí pido sensatez a las autoridades competentes y buen rumbo.