Vivimos tiempos en los que disfrazamos la mentira para que parezca verdad, y más aún en estos momentos donde la guerra, gran generadora de mentiras, está llamando a nuestras puertas. Incluso la gramática sufre un afán de disfrazar términos. El término revolución, por sus connotaciones históricas no exentas de violencia, se disfraza por un vocablo más suave como es el de cambio, aunque tiene un significado similar o igual (el verbo cambiar hace referencia a dejar una cosa o situación para tomar otra diferente), quizá por el miedo que produce el cambio revolucionario en sociedades asentadas. El meter miedo otra vez dirige el vocabulario político y sirve a tibios ciudadanos, o súbditos, disfrazados de hooligans, que se manifiestan al grito reciente: «que te vote Chapote», «Gobierno ilegítimo» y una larga lista de vituperios que buscan más el enfrentamiento que la concordia social, principal objetivo de cualquier partido que se considera democrático. Hay opciones políticas que se disfrazan de demócratas. No nos olvidemos que miedo y mentira van de la mano, y ha sido el disfraz que ocultó la historia a muchas generaciones en nuestro país. ¿Se acuerdan? Platajunta rupturista con un sistema que nos amordazó, se escogió el disfraz de una plataforma que abrió la puerta de la Transición. En aras de buscar concordia se dejaron rendijas por las que se colaron aguas turbias que siguen contaminando nuestra democracia. El TOP (Tribunal de Orden Público) se disfrazó de Audiencia Nacional; el «viva Franco» se transformó en «viva el rey»; el brazo en alto fascista se equiparó con la llamada de un taxi. Incluso numerosos alcaldes y cargos públicos del antiguo régimen, y que presumían de franquistas, gracias a la Transición se disfrazaron de demócratas de toda la vida. Y ya no hablo de la santa Iglesia católica apostólica y romana, que apartó aquel disfraz del miedo al infierno y, abandonando el palio con el que protegía al poder, suavizó su discurso de intolerancia. Perdonó al torturador, pero no al republicano enterrado sin lápida. Pero no nos asustemos, la globalización también disfraza el pensamiento de casi todo el mundo. Fíjense en los disfraces trumpistas, que están de saldo. Pero mal de muchos... Vuelve la inestabilidad y la guerra, que es el mayor generador de mentiras y por consiguiente de disfraces, aunque de muerte. Lo estamos viendo con Palestina. Hay tantas líneas rojas en la información diaria, (también pasó con Ucrania) que ya uno tiene dudas de quién es el agresor o el terrorista. Parece ser que todo depende de quién sea la víctima; si la víctima es un ciudadano palestino, aunque no sea de Hamás, se disfraza de acto bélico de defensa de un Estado que se dice democrático; pero si la víctima es un ciudadano de Israel o judío, es un acto terrorista. Ojo por ojo y diente por diente, está escrito, pero el error es que hay muchos ojos y dientes inocentes. Habrá que reescribir la historia de las guerras porque me asaltan serias dudas. La Alemania nazi masacró pueblos enteros, civiles incluidos y no solo judíos, en actos de represalia por acciones de una resistencia patriótica. La conquista del oeste borró del mapa a nativos con la Biblia en la mano. ¿Fueron actos heroicos en defensa de la civilización? ¿Qué civilización? ¿Del orden reinante? ¿Qué orden? ¿ Defensa contra el agresor ? ¿Quién era o es el agresor? ¿Actos terroristas? Si confundimos y disfrazamos las verdades con mentiras o verdades a medias (más peligrosas) puede ocurrir que la defensa de la paz y respeto de los derechos humanos que enarbola la ONU, y en lo que no caben términos medios, hasta pueda ser considerada como un acto que simpatiza con el terrorismo. Muy peligroso este disfraz.