La indolencia con que nos hemos echado en brazos del streaming ha engrasado una vez más la maquinaria de la ley de la oferta y la demanda. Todo parecía sencillo cuando estas plataformas que nos sirven series y películas directamente en casa, o en la palma de la mano cuando estamos fuera, empezaron a desembarcar con herramientas que se antojaban nuevas y revolucionarias por un coste que parecía asumible para un usuario medio con capacidad para gastar en un ocio moderado. Lentamente las descargas ilegales desaparecieron de la conversación, el préstamo de discos duros se volvió residual y piratear dejó de merecer la pena gracias a un invento que unos años antes nadie podía haber imaginado. Pero euro a euro, cuota a cuota, los precios de estos videoclubes prodigiosos han ido creciendo en una progresión que se sitúa muy por encima del coste de la vida. Un análisis reciente elaborado por Kelisto.es ha hecho las cuentas para demostrar que las tarifas de muchos de los servicios más populares han subido casi un 82 % de media desde el momento de su llegada a España. Lo que pasará a continuación queda en manos de los abonados. Algunos se darán de baja. Otros se lanzarán a los planes con publicidad, que son la gran promesa de futuro del negocio aunque perviertan su idea original. Lo que podrían hacer, a cambio, es subir la exigencia y elevar el listón del contenido.