Los amables

Fernanda Tabarés
Fernanda Tabarés OTRAS LETRAS

OPINIÓN

13 sep 2023 . Actualizado a las 09:29 h.

Uno de los genes más envidiables de los veinte mil que porta el ser humano es aquel que permite a las personas ser amables. Incluso ser muy amables. Es una expresión de carácter infrecuente, sobre todo en lugares a los que el resto de los humanos acudimos casi a diario, a veces por vicio, o por hambre, o por necesidad administrativa, o por riesgo de muerte, incluso. En esos lugares, el amable es un espécimen raro, tan difícil de encontrar que cuando la providencia te pone en el camino de uno de ellos tu cuerpo reacciona con un ímpetu imposible de conjurar, de manera que acabas doblegando ese arrebato automático que te arrojaría sin dudarlo a los brazos del amable. Tan extraña es su presencia.

Al amable se le echa mucho de menos en esos mostradores en los que te interesas por algo de lo que la persona vende y la persona reacciona como si bajo el pantalón viviese encadenada a un cilicio, como si tratar con los mortales fuese una condena penosa. Pero al amable se le echa sobre todo de menos cuando necesitas algo de verdad, cuando necesitas que te explique por qué Hacienda te pide una paralela o cuando te tiene que adjudicar una cola de espera para una radiografía que te diagnostique al fin.

Hay poquísimos amables y muchos desaboríos, seres agrios y malencarados en los que habita un déspota dispuesto a hacer uso del poder que durante un rato les habita, sádicos que disfrutan con el dolor ajeno, con su desamparo o su confusión. Bordes del mundo que han tejido una espesa red en la que rebotas y rebotas, consciente de que tras el mostrador son los puñeteros amos y que plantarles cara solo será peor para ti. De pequeños, seguro que eran los chungos de la clase. Para todos ellos, Un día de furia.