Pero ¿cómo llegó ahí?

Cristina Sánchez-Andrade ESCRITORA, PREMIO JULIO CAMBA

OPINIÓN

María Pedreda

09 sep 2023 . Actualizado a las 10:49 h.

En España hay un fenómeno que se repite una y otra vez. Se encumbra públicamente a personajes que no son ejemplo de ningún valor humano digno de admiración ni respeto —por ejemplo, a través de los programas de corazón—, o se promueve la carrera y el ascenso de otros que no solo son corruptos, ladrones o pésimos gestores, sino que carecen de categoría humana o profesional para estar en puestos de responsabilidad y proyección exterior. Pensaba dar un ejemplo reciente, pero no voy a hacerlo; en la mente de todo aquel que lea esto ya se han formado las imágenes.

En mi recuerdo surgen muchos, creo que el primero, por antiguo, es Luis Roldán, que, de tan tonto, era el más listo. Son individuos cuyas cualidades humanas y morales se asocian con lo más deleznable de la sociedad. Verdaderos ejemplos de cómo no deberíamos ser, ni comportarnos, ni trabajar.

Pues bien, en un primer estadio, por una extraña razón, estas personas son ascendidas vertiginosamente, bien a la popularidad, bien a la cima de los puestos de responsabilidad. Suben y suben como la espuma. Se mantienen durante un tiempo. Puede haber contratiempos, pero siguen porque está en su naturaleza ser resilientes. Hasta que, de repente, ocurre algo. Algo que no deja de ser importante, pero tanto como todo lo demás que no ha salido a la luz. Y entonces, zas: estos personajes son criticados, lapidados y humillados públicamente con una inquina y un odio que dan verdadero miedo, sobre todo, ¡ojo!, por aquellos que les ayudaron a subir. En los programas de televisión, en la prensa escrita y en redes sociales se convierten, de la noche a la mañana, en la comidilla y el entretenimiento de todos los españoles. El pasatiempo del verano en el caso reciente, que no quiero mencionar. Y mientras esto ya está en marcha, se hurga en sus miserias, que son muchas (siempre lo fueron), con afán de aniquilación.

Según esta dinámica, la sociedad saca a su Mr. Hyde del armario y después proyecta en él todo su odio, su resentimiento, su amargura o su insatisfacción personal. «Pues oye —nos decimos (¡y qué consuelo!)—, comparado con ese o esa no me va tan mal». De repente, a todos sorprende cómo esa persona ha podido llegar a la cima, que nadie haya detenido el ascenso antes. De estar en las delicias del éxito, el personaje pasa al lodo, al fango, a tener que arrastrarse por el suelo para recuperar su lugar (no sabe que ya no hay nada que hacer). Y en algún sitio resuena la pregunta: pero ¿quién lo puso ahí? O ¿cómo es posible que haya llegado a donde está? La pregunta es la antesala del fin. El indicativo de que el tema ya está caduco. En poco tiempo, las conversaciones de sobremesa, los comentarios en prensa o redes, decaen. El personaje ha muerto. Lo hemos enterrado. Y ya vamos a por el siguiente.