No son inmigrantes, son «da casa»

María Hermida
María Hermida E SE CHOVE, QUE CHOVA

OPINIÓN

JUAN IGNACIO RONCORONI | EFE

Es verano y en mi tierra natal, en Rodeiro, que a mucha honra es la Galicia profunda, el parque se llena de niños. Son muchos, muy revueltos y se entienden entre ellos. Viendo la concurrencia en la tirolina, parece increíble que las cifras de población señalen que la Galicia rural se apaga. Una sabia vecina matiza: «Parecen moitos, pero é que están aquí os de fóra». Y una, con necedad, piensa que la mujer se refiere a que en los columpios juegan rapaces nacidos en Colombia, Marruecos, Uruguay, Venezuela o el Sáhara, cuyas familias recalaron en Rodeiro porque este municipio, que antaño se desangró con la emigración, ahora es tierra de oportunidades. Pero no. Claro que la mujer no habla de esos críos. «Os de fóra» son mis hijas. O los de otros tantos que vivimos en la ciudad y solo vamos de vacaciones. Ellos, los niños de los inmigrantes, son de casa; lección de humanidad a pie de tobogán. Esos críos, nacidos en otras latitudes (o algunos ya aquí) y que hablan un gallego digno de envidia, tienen padres que ordeñan vacas y que permiten que mi concello, como tantos otros de Galicia, sean punteros en el sector primario. Sus madres atienden a la vecina a la que le dio un ictus. O al paisano en silla de ruedas. También limpian casas y, cuando la retorcida ley se lo permite, arriman el hombro en la industria o en la hostelería. Y, sobre todo, son críos que con su simple presencia invitan a tener esperanza sobre un rural al que solo le puede salvar que ellos decidan seguir ahí. ¡Cómo no van a ser de casa! Son la esperanza. Y así lo ha entendido todo el pueblo. Ojalá quienes escupen odio contra el que llega de otro país buscando sobrevivir se pasasen por esa tirolina. Igual se les curaba de golpe la tontería.