Brasil y otros: traspaso de poderes

María Pereira PROFESORA DE CIENCIA POLÍTICA Y DE LA ADMINISTRACIÓN. MIEMBRO DEL DQUIPO DE INVESTIGACIONES POLÍTICAS DE LA USC.

OPINIÓN

María Pedreda

10 ene 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

Resulta difícil comprender lo que está pasando en las democracias de todo el mundo para que ciertas élites y ciertos ciudadanos se hayan puesto de acuerdo en la idea de que el poder les pertenece a ellos y a los que piensan como ellos.

No es una idea nueva, es la base de los totalitarismos de toda la historia de la humanidad; un grupo de personas que creen, que solo con sus ideas se puede gestionar bien la sociedad, ya sea en el orden político o moral. Dios, el imperio, el pueblo, la patria, y tantos otros argumentos han sido esgrimidos como justificación de que el poder les pertenece a ellos; y, sobre todo, de que los otros no pueden gobernar, porque vienen a destruir lo que somos.

La idea liberal de la democracia puso en jaque estos argumentos totalitarios; depositó la fuente de poder en el pueblo, y en los gobernantes, la obligación de acceder o ceder el poder por imperativo ciudadano.

No importa lo que crean o incluso aquello de lo que estén seguros ciudadanos y dirigentes políticos, o la democracia prevalece por encima de cualquier argumento resistente al traspaso de poder o el poder deja de ser democrático. Y ya sé que hay casos muy controvertidos.

El problema aquí no es si las elecciones en Brasil han sido limpias o no; cada ciudadano percibe lo que quiere percibir, y tampoco podemos ser ingenuos, el fraude electoral es tan antiguo como la propia democracia, y siempre habrá alguien dispuesto a corromper la democracia en su propio beneficio; en algunos países, todos.

El problema es si la percepción/creencias de esos ciudadanos es suficiente para cuestionar la propia democracia. Cuauhtémoc Cárdenas, en México, o Al Gore, en EE.UU., entre otros muchos, compartieron la sensación de haber ganado unas elecciones que al final les robaron. Pero entonces, las instituciones democráticas estaban por encima de las propias creencias y percepciones de los ciudadanos y de sus dirigentes.

Igual que el cambio constitucional de Chávez para ampliar los mandatos fue seguido por los líderes del Alba, el asalto al Capitolio asentó la idea de que la ciudadanía podía resistirse al cambio de poder, y en Brasil tomó esta forma de golpe de estado ciudadano.

Pero el que sean los ciudadanos los que asalten el poder no lo hace más democrático, ni cuando es de derechas, ni cuando es de izquierdas, ni cuando es nacionalista. La democracia exige cambio de poder cuando toca, para los políticos y para los jueces, y cualquier argumento que justifique lo contrario es antidemocrático.