Todas las Marías somos valientes

Ofelia Rey Castelao HISTORIADORA. PREMIO NACIONAL DE HISTORIA DE ESPAÑA 2022

OPINIÓN

María Pedreda

María Pita, con gesto agresivo, porta una lanza en medio de la plaza coruñesa que lleva su nombre: nunca usó un arma así —sí otras— y su valor fue menos el que le atribuye su legendaria imagen que el de la heroína de un día de 1589 frente a un corsario inglés y aguerrida mujer el resto de su larga vida —murió en 1643—, en su empeño de que el valor se le reconociera y se le pagara. Cuando todavía María Pita andaba por las calles de A Coruña, en Santiago de Compostela una viuda analfabeta y pobre, María de Cores, se enfrentaba a los poderosos de la ciudad, ayuntamiento incluido, para que no le cerrasen la casa donde, desde 1630, recogía a las niñas que encontraba solas de noche en las calles: María, una valiente, no tenía miedo a la oscuridad ni a los ricos, solo al hambre y a la pobreza. Mientras, otra compostelana, doña María de Calo, nacida rica y luego bien casada, pero viuda jovencísima, tomó las riendas del negocio financiero familiar deshaciéndose de la tutela de sus poderosos cuñados y se fue a Madrid a tratar con los ministros del rey: estaba allí cuando la Junta del Reino de Galicia la nombró arquera y tesorera general de rentas en 1672. María no se arredraba ante banqueros, políticos ni arzobispos: a su modo, fue otra valiente.

A María Antonia Pereira Docampo (1700-1760), hija de un molinero de Cuntis, quieren hacerla santa, pero no era más que la esposa hastiada de su inútil marido y de una vida mediocre; un día dejó Baiona y se fue a Sevilla y luego a Madrid buscando un destino mejor, y en ese viaje supo que, sin tener nada pero teniéndose por mucho, no le quedaba otra que colocar a sus hijos en conventos y fundar uno para entrar ella misma: lo consiguió fundando el del Carmen de Santiago, después de enfrentarse con todo y con todos; hasta la reina Bárbara de Braganza se interesó por esta mujer arrebatada. Un día de mayo de 1809, doña María Antonia Bermúdez de Castro, monja de 36 años, abandonó el monasterio compostelano de San Paio después de que el general Ney, del ejército ocupante francés, informara a las religiosas de que podían dejar el hábito: María fue una de las cinco evadidas, pero la única que soportó el escándalo. Su vida fue una lucha contra las conspiraciones de su familia y de las autoridades eclesiásticas, consiguiendo que su causa fuera vista por el nuncio papal, y, aunque nunca logró su objetivo, no se rindió.

Miles de marías, cada día, en todas partes, desde que el mundo es mundo, son valientes sin saberlo o sabiéndolo. Todas lo somos: solo hace falta que nos lo reconozcan.