Escopeteros

Xosé Ameixeiras Lavandeira
Xosé Ameixeiras ARA SOLIS

OPINIÓN

BASILIO BELLO

22 oct 2022 . Actualizado a las 12:16 h.

Café es el nombre de un perro muy querido en una casa de una aldea cualquiera de hace bastantes años. Sobre todo para el abuelo, que era cazador, y para su nieto pequeño. El chucho, que debía su nombre a su color del café con leche, era muy diestro en el monte, sobre todo para levantar conejos y liebres. Un auténtico hacha entre los tojos y los matorrales, compañero inseparable del viejo y colega de juegos incesantes del chaval. Un día, el rapaz tenía un terrón de azúcar en la mano y el can se lo arrebató y lo comió, dando muestras de alborozo y de atracción por el dulce. Con lo cual, el zagal descubrió cómo gratificar a su amigo por los buenos ratos y se acostumbró a darle la ración diaria de golosina. Con el tiempo, y a causa de la ingesta de tanta glucosa, Café se fue quedando ciego. Tanto que llegó un momento en que tropezaba con cuanto objeto encontraba a su paso. El hombre, apenado por el perro diabético, y para evitar que sufriera, decidió sacrificarlo, pero era incapaz de hacerlo. Así que determinó darle un par de cartuchos de escopeta a su socio de monterías Severino para que acabase de la mejor manera posible con la vida de Café y lo enterrase en el monte. Y así lo hizo, con la mayor discreción. El niño, al enterarse del destino de su camarada, se fue a por Severino y lo persiguió a pedradas. Tuvo suerte de que no lo alcanzase, aunque uno de los proyectiles a punto estuvo de impactar en su testa. Estos días se oyen por los montes ladridos de los chuchos siguiendo rastros. Algunos serán tan queridos como Café. Otros aparecerán abandonados cuando ya no sirvan para levantar piezas. ¡Y ojo! Entre tanto cazador siempre hay algún escopetero. De ahí que suela producirse alguna baja entre ellos. Ya se sabe, las armas las carga el diablo.