Impuestos

eduardo vázquez martul MÉDICO

OPINIÓN

Miguel Osés | EFE

El gran debate sobre cómo resolver el problema de la crisis que se avecina está servido. Subir impuestos o bajarlos. La opinión está dividida. Habría que buscar el origen de este debate. Unos defienden la idea de que, como el Estado funciona mal, es mejor venderlo. La otra, contrapuesta, es la de mantener lo que debe fundamentar el bienestar social de toda la población como educación, sanidad y vivienda. Lo dice la Constitución. Con aquel principio de que el Estado no debe intervenir, esgrimido por un bando, estos ejes estratégicos de la sociedad pasarían al mundo de hacer negocios. Todo empezó ya en los lejanos años 70, siguiendo las ideas de pensadores de la economía de la Escuela de Chicago, los Chicago boys, en su defensa del neoliberalismo, y muy seguidas por Reagan en su papel de vaquero del oeste, y Thatcher, la dama de hierro. El Estado no debe intervenir, solo si el conquistador de horizontes se ve amenazado por los indios. Esto lo vimos en multitud de películas del oeste. Así fue cómo el inicio del capitalismo, que se originó en la Europa luterana y calvinista, conquistó el continente del norte americano. !Esta tierra es mía! (título de alguna película) y no de los originarios nativos que la poseían, antes de que su Biblia se las arrebatara. Aunque ya en aquellos tiempos había dos biblias; una permitía mezclar sangres, la otra, el indio mejor muerto, o encerrado en una reserva. La mezcla estaba prohibida y la sangre debía permanecer pura. Dos culturas opuestas y enfrentadas, y sus consecuencias, dividieron aquel mundo. Paradojas de la vida, parece que vuelve a surgir en el actual. El que sacaba primero, sobrevivía, se llevaba a la chica del salón, o compraba al sheriff. Ahora está muy difundido, por algunos pensamientos, el discurso de esgrimir «la libertad» individual para defender mi riqueza o tomar una cerveza, y no tener que pagar impuestos, frente a la solidaridad de contribuir para que sigan existiendo carreteras, sanidad, escuelas con la calidad suficiente, tanto para ricos como para pobres. Siempre me acordaré del invierno del año 84. Estaba en Nueva York con una beca trabajando en el hospital Monte Sinaí, situado casi en el borde donde empezaba Harlem, con sus casas quemadas y la basura amontonada. Era la cara oscura de la opulenta Manhattan. Aquel invierno, un outsider murió congelado casi a las puertas de uno de los mejores hospitales del mundo. Y eso de que allí, cuna del capitalismo, el rico paga mucho más que aquí. La pregunta es obvia: ¿morirían si hubiese sanidad pública gestionada por el Estado con impuestos solidarios y no por entidades privadas que buscan casar la cuenta de resultados? Una sociedad solidaria debe arrimar el hombro para que el desafortunado o el indio no muera de frío en la reserva. Pero también el Estado tiene la obligación de saber gestionar los impuestos necesarios. Aquí está el problema. Y este invierno amenaza con ser duro.