El piso

Ruth Nóvoa de Manuel
Ruth Nóvoa DE REOJO

OPINIÓN

ALBERTO LÓPEZ

23 jul 2022 . Actualizado a las 10:34 h.

Lo había enterrado en mi memoria y apareció de repente, sacando la cabeza entre los recuerdos archivados, al leer un titular: «Non podo pagar un piso de 650 euros». Entonces recordé el plan que urdimos mis amigas y yo en 1998, siendo universitarias. Pasados los años, nos olvidamos. La estrategia estaba clara y la aplicaríamos en cuanto tuviéramos algo ahorrado para invertir (algo que nos parecía imposible, quizás por eso lo olvidamos). Entre todas compraríamos un piso. Y cuando lo pusiéramos en alquiler especificaríamos: «Solo estudiantes, abstenerse familias». La idea era que fuera nuevo o reformado. Y que los muebles no hubieran pertenecido a ninguna de nuestras tías abuelas. Que los baños no tuvieran humedades y que la calefacción funcionara. Que los colchones no dieran yuyu. A partir de ahí, solo nos quedaría disfrutar. Atenderíamos a los aspirantes a inquilinos sentadas en el salón (en un sofá como el que te comprarías para tu casa, sin agujeros, sin fundas) y nos lo pasaríamos en grande viendo las caras de los estudiantes al recorrer el piso y repasar el precio, por debajo del de mercado. Cuando llegasen las dudas —«¿dónde está la trampa?», preguntarían ellos— nos turnaríamos para contestar. Y les contaríamos las decenas de pisos que visitamos a su edad que no estaban en condiciones para vivir, el apuro de decirles a nuestros padres que el alquiler era más caro de lo que habíamos previsto y el susto que nos pegamos el día que nos instalamos y, al abrir un armario, nos encontramos enmarcadas las fotos de boda de la casera que, por cierto, había desenchufado la nevera al morir su marido. Cuando le dimos el pésame nos contestó que no nos preocupáramos, que ya habían pasado 30 años.