Atraco a la vida

Xosé Ameixeiras Lavandeira
Xosé Ameixeiras ARA SOLIS

OPINIÓN

JOSE PARDO

28 jun 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

El Atlántico lleva y trae. Sus olas mecen la arena, pero también los pensamientos y los recuerdos. El mar es una estación de alegría, de encuentro. Hay días que trae historias alegres y hay días que te hace llegar otras que encogen el corazón. Ayer me encontré con un amigo de los de toda la vida que me contó en la terraza de un café cómo perdió a su hija. La calle estaba muy concurrida, en una jornada casi de fiesta, pero el ruido era incapaz de silenciar el dolor del desgarro. A Iria Blanco tuvieron que hacerle un trasplante de médula hace cuatro años. Le iba bien. Era una joven brillante en sus estudios y en sus desempeños. Sus maestros la adoraban. Acabó dando sus primeros pasos profesionales como profesora en un instituto. Una superviviente con garra. En abril del pasado año le descubrieron una enfermedad hematológica que iba incrustada en los genes del donante de su médula prestada. Como consecuencia de esta rareza debería someterse a un nuevo trasplante. Pero no estaban ahí todas sus cruces señaladas. De pronto, también le descubrieron una disfunción en el corazón, que tuvieron que solventar. En medio de todo aprobó las oposiciones como profesora de enseñanza media. Una fortaleza mental a la medida de los grandes retos. La trasplantaron. Fue en agosto. Todo iba bien, pero, de nuevo, la fatalidad: la atacó el virus de Epstein-Barr, la enfermedad del beso. Una ironía de la vida. Fue en octubre. Si alguien se pusiese a buscar todas las complicaciones posibles, ella había logrado reunirlas. La ingresaron en el hospital y ya no salió con vida. Un día de noviembre, sus ojos se apagaron para siempre. Y sus padres arrastran una pena infinita. Menos mal que les queda el recuerdo de sus días alegres.