Cuando Raphael perdió Eurovisión, pero ganó

Beatriz Pallas ENCADENADOS

OPINIÓN

José Oliva

Debe de ser complicado ser eurofan todo el tiempo. Los miles de espectadores que andan airados estos días por el recuento y la actuación del jurado del festival de Benidorm han experimentado por unas horas algo con lo que los fieles a Eurovisión han aprendido a convivir: el eurodrama. No hay festival sin líos geopolíticos y sospechas de favoritismo, lo que también puede servir cuando es preciso como coartada para jugar con las cartas marcadas.

Pero un fracaso preeurovisivo como el de Tanxugueiras y Rigoberta es en realidad un triunfo. Algo parecido a lo que cuenta Raphael en el segundo capítulo de su documental Raphaelismo al rememorar sus dos participaciones en el festival en 1966 y 1967. Perdió las dos veces, pero lo vivió como un éxito personal por el apoyo popular, con buses llenos de «muchachitas yeyés» que acudían a recibirlo. «No gané, pero sí gané», asegura. La prensa vivió su derrota como una afrenta y acusó a los escandinavos de votarse entre sí. El jurado español señaló al vencedor del primer año por cantar sentado al piano mientras que los demás actuaban de pie. Y el segundo año acusó a la británica Sandie Shaw de actuar descalza para llamar la atención. Para Raphael, el vencedor moral, fue un golpe de suerte. «Gané el que me conocieran millones y millones de personas. Además quedé ante los ojos de todo el mundo como la gran víctima y mejor que eso es imposible».