Nos robaron la voz y la palabra

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

Joaquín Reina | Europa Press

Tanxugueiras arrasó. No conocemos la dimensión exacta de la avalancha porque TVE no facilita el número de televotos que obtuvo el trío, ni tampoco los cosechados entre las 350 personas que constituían una muestra, elegida con criterios demoscópicos, de todos los españoles. Secreto de sumario. Que el jurado —solo tres españolas, los dos extranjeros las apoyaron— haya vetado su viaje a Turín no empaña en absoluto el triunfo de las tres gallegas. Su triunfo es indiscutible e indiscutido. Chapó.

Tanxugueiras victoriosas y Galicia, paradójicamente, frustrada. Juzgue el lector el tamaño de nuestro fracaso: alguien nos arrebató la oportunidad de proyectar nuestra lengua y nuestra cultura en millones de hogares de los 41 países que conforman Eurovisión. Nos robaron la voz y la palabra. Nos despojaron de una tribuna o escaparate de incalculable valor que los españoles, por abrumadora mayoría, nos habían concedido.

No hablo de música. Mi torpe oído me disuade de meterme en esos berenjenales. Tampoco padezco de democratitis: ni el voto popular sirve para todo ni garantiza la mejor opción. No propondré la elección en urna del médico que debe operarme, ni de los futbolistas que deben integrar la selección nacional. Ni siquiera tengo criterio, porque el asunto hasta el sábado me parecía baladí, sobre cómo debe ser elegido o designado el representante en Eurovisión. Lo que me molesta es que me tomen por parvo. Que me digan que, con este sistema híbrido, el voto popular pesa lo mismo que el del jurado. Mentira cochina. Entre tres canciones favoritas, el jurado no tiene facultad plena para decidir la ganadora, pero sí tiene derecho de veto: te coloca en el furgón de cola e imposibilita, aunque obtengas el 99 % de millones de votos, que alcances la cabeza.

Son las reglas, dice RTVE, y «la grandeza» consiste en aceptarlas. Mira quien habla: la que fijó esas reglas. Dicen que lo hizo para evitar el ridículo de otro Rodolfo Chikilicuatre, aquel grotesco personaje lanzado a las candilejas por el público. En consecuencia, puesto que a los frívolos espectadores hay que tutelarlos, levantó una aduana y nombró aduaneros con potestad para requisar toda mercancía no homologada: procaces mensajes feministas o cantos a la diversidad lingüística o cultural. De hecho, incluso estimaron más peligrosa la lengua que las tetas.

Fíjense bien que eximo al jurado de toda responsabilidad, que recae en quien hizo las reglas y en quien lo nombró. Si en vez de cinco expertos musicólogos hubieran designado a Abascal o a cinco adalides de la España una y uniforme, el resultado de Tanxugueiras habría sido idéntico. Por eso, si alguien se siente perjudicado, le sugiero que reclame en otra parte. Les ofrezco una pista. El presentador de Benidorm Fest, el inefable ex ministro Huerta —allí, Máximo, no Maxim, inició la gala con un saludo a tres autoridades presentes. A dos las citó, en plan colegueo, por sus nombres de guerra: Ximo Puig y Toni Pérez. A la tercera le antepuso, respetuosamente, el don: don José Manuel Pérez Tornero.