No es país para autónomos

Alfredo Reguera ECONOMISTA

OPINIÓN

23 ene 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Las ballenas, los linces, los osos polares… Colman multitud de portadas y documentales por su condición de criaturas en peligro de extinción, debido a la acción humana. Si bien National Geographic se ha olvidado de otra criatura cada vez más amenazada, que se desvive por sobrevivir ante los continuos ataques, no tanto del hombre propiamente dicho sino de los gobiernos. Hablamos del autónomo.

España cuenta con 3,1 millones de autónomos, contando todos los inscritos en el RETA (Régimen Especial de Trabajadores Autónomos); sin embargo autónomos propiamente dichos, quitando los que pertenecen a sociedades mercantiles, son menos de 1,9 millones. En el año 2008 la cifra de autónomos totales superaba los 3,3 millones. Es decir, en 12 años no es que no se haya ganado ni uno solo, sino que se han perdido más de 200.000. Por ponerlo en contexto, este es el año con más funcionarios de la historia de España.

La última subida de la cuota de autónomos, que tanto debate ha generado, no es sino otro ataque indiscriminado más. Otro de los muchísimos que ha llevado a cabo el Gobierno hacia este grupo de trabajadores en los últimos años. Con la única intención de hacer menguar su número, por motivos puramente ideológicos.

¿Por qué?, se preguntarán. ¿Qué gana el Gobierno con ello? La respuesta, como he comentado, es más bien ideológica. La misma existencia de los autónomos es un ataque frontal a la línea de flotación del Ejecutivo. Puesto que este lo que busca y ansía es que los ciudadanos, de una manera u otra, dependan de el. De ahí que se sienta cómodo con los empleados públicos, que cobran de el; con los parados, que dependen de la prestación de desempleo, o con los jubilados, que necesitan su pensión. Incluso los trabajadores del sector privado por cuenta ajena, que no son precisamente sus favoritos, dependen de empresas, que en muchísimos casos de manera directa o indirecta acaban dependiendo o sufriendo influencias del Estado.

Por el contrario, el autónomo es la fiel imagen de la libertad. No depende de nadie, no necesita al Estado, ni vive de el. Su éxito o fracaso solo lo determina su inteligencia y su trabajo. Sin subsidios, sin depender de un burócrata, sin cadenas. Cada persona que abandona el camino establecido por el Gobierno para convertirse en autónomo es, parafraseando a Nino Bravo en su famosa canción, «¡Libre! Como el ave que escapó de su prisión y puede al fin volar». De ahí que los autónomos se hayan convertido en la diana favorita de los partidos políticos en el poder.

Por otra parte, hay que verlo desde el punto de vista electoral. Atacar a los autónomos suele salir bastante barato en las urnas. Puesto que, a diferencia de otros grupos poblacionales, más homogéneos y grandes, que actúan electoralmente como lobis, como podrían ser los jubilados (8,8 millones), los autónomos son un grupo bastante heterogéneo y tampoco demasiado grande. De ahí que se les exprima constantemente para alimentar las demandas de otros grupos, mucho más agradecidos en este sentido.

En definitiva, actualmente asistimos a una lucha por la supervivencia entre David (autónomos) y Goliat (el Gobierno). Si el lector de este artículo es un autónomo, como autor solo le deseo toda la suerte y el apoyo del mundo. Cada día que abre la persiana es un triunfo. Una victoria que evita el control total del Ejecutivo sobre la economía y, por tanto, sobre nuestras vidas.