Camino ya del final del otoño escuché en la radio las notas de Les feuilles mortes, las hojas secas, la vieja canción de Joseph Kosma sobre un poema del gran Prévert; y como esta era una versión instrumental, cantaba yo mentalmente los versos: «Les feuilles mortes se / ramassent à la pelle, / les souvenirs et les regrets aussi…» Las hojas secas se amontonan en la pala, como lo hacen los recuerdos y los arrepentimientos. La canción llegaba oportuna, porque justo en ese momento podía ver a través de la ventana cómo siguen cayendo todavía algunas hojas muy tardías, empujadas por el viento ya invernal de estos días pasados. Las agita con tanta fuerza que se las oye a través del cristal.
Thomas Hardy decía en Bajo la verde fronda que él podía identificar los árboles con los ojos cerrados, solo por el sonido del viento al atravesar sus ramas; y un erudito chino del siglo XIV, Liu Chu, incluso escribió un tratado sobre el asunto. En él llegaba a la conclusión, previsible para cualquiera que haya leído poesía china, de que el árbol más apropiado para instrumento del viento es el pino, cuyo fungar, sin embargo, le parecía a Pondal tan monótono (cuando lo leí, pensé en lo feliz que habría sido Liu Chi en la Galicia de la repoblación forestal). Detallaba el erudito los sonidos concretos de cada tipo de hoja: el sonido amortiguado de la brisa en las hojas anchas o el sonido débil y poco melódico de las hojas frágiles del otoño. Las hojas secas que aún se sostienen a duras penas en las ramas, como las del olmo que veo yo desde mi ventana, entonaban, para él, un «sonido entristecido». Lo mismo se puede decir de su forma de caer: cada una lo hace a su manera. Cunqueiro recordaba en un artículo que las hojas del abedul caen cuando se han dorado como monedas antiguas, y precisaba la tonalidad: «una onza carolina o una libra del rey» (lo he consultado en un manual de numismática y el color de los abedules del Parque del Oeste este año fue ese exactamente). Hacía notar también Cunqueiro que las hojas de roble resisten meses en el suelo sin descomponerse, mientras que las del castaño, tan pronto como caen a tierra, comienzan a pudrirse rápidamente y se convierten en ceniza: «Un destino casi humano».
Hace un otoño escribía yo en esta página que me gustaría tener aquí en Madrid un tilo cerca. Pensaba que pisar sobre su hojarasca me traería de vuelta el aroma de la adolescencia, porque el camino a mi instituto estaba amparado por tilos. No había caído en la cuenta de que tengo uno justamente al lado, un ejemplar solitario en el jardín prohibido de esta casa. Prohibido, porque está cerrado hasta para los inquilinos. Pero a mediados del otoño el tilo vertía suficiente hoja como para cubrir la acera fuera de la verja. Me calcé entonces unas botas para ir a dar unos pasos sobre las hojas, como un niño que pisa un charco, y tomé unas notas para un artículo que iba a escribir relatando la experiencia. Pero perdí las notas y hubo otras cosas sobre las que escribir. Ahora, empujado por la melodía de Les feuilles mortes, he buscado el papel y acabo de encontrarlo traspapelado entre otros muchos, también está una hoja seca del otoño que quedó amontonada en la pala, como diría Prévert. No eran más que unas frases garabateadas, y entre ellas una que decía: «pisar hojas secas es como caminar sobre un fuego que crepita. Por una parte, parece que da calor, por otra su crujido es como un lamento lejano, un pequeño dolor que, por suerte, enseguida pasa y se olvida». También los recuerdos y los arrepentimientos.