Constitución, reforma y sentido común

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Emilio Naranjo

07 dic 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

El destino es a veces cruel con las personas. Por ejemplo, ayer. Ayer se celebraba el 43 aniversario de la Constitución y Juan Carlos I, el hombre que la promovió y la firmó, también el único que figura citado con su nombre y apellidos, se enfrentaba a una querella de una antigua amante en un juzgado de Londres. Aquí, unos días antes, la Fiscalía retrasaba el archivo de las investigaciones de sus actividades económicas, con lo cual hacía inviable su próximo retorno a España, aunque tampoco podría pasar la Navidad con toda su familia. Respecto a la institución que representó, partidos independentistas firmaron un manifiesto que propugna una nueva Constitución porque la actual es herencia del franquismo, «con la monarquía borbónica al frente». Al mismo tiempo, varios estudios de opinión indican que la monarquía no goza de gran aprecio entre los jóvenes. Es el resultado de una educación que limitó la enseñanza del sistema político a cinco o seis líneas en la asignatura «Conocimiento del medio» que, además, atribuye a la Corona un papel prácticamente ornamental.

Con estas sombras se festejó el Día de la Constitución, además del torrente de declaraciones y discursos en las celebraciones y anti-celebraciones de ayer. Ignoro si los países democráticos viven parecida tensión: un repetido ejercicio anual de plantear si hay que reformar la ley de leyes, con quién y para qué. Pero aquí hay dos fechas en el calendario que muestran lo mal tejida que está la unidad nacional: el 12 de octubre y el 6 de diciembre. Las dos jornadas separan a quienes rinden homenaje a los símbolos, las leyes y las instituciones y a quienes aprovechan el calendario para todo lo contrario. Además de las razones históricas e ideológicas, estamos ante las grandes pruebas de la debilidad de la nación.

Es triste reconocerlo, pero hay que hacerlo: aquel inmenso capital que significó la Constitución como punto culminante del abrazo entre las Españas enfrentadas se está malgastando. Lo que se hizo entre todos para dejar atrás una dictadura y enfilar un futuro democrático está siendo presentado por algún nuevo partido y los viejos nacionalismos como una prolongación de aquella dictadura, en una manipulación indecente, pero eficaz ante las nuevas generaciones que no han conocido los esfuerzos y riesgos de la transición. Esos negacionistas de la verdad histórica que pretenden promover un nuevo proceso constituyente son los que sostienen al actual Gobierno. No hay peligro inmediato por dos razones. Una, porque el presidente Sánchez recupera la lógica de su cargo y parece que se dispone a defender la ley de leyes. Otra, porque las expresiones de los nacionalistas son tan exageradas —llegan a considerar a la carta magna «deslegitimada»—, que tropiezan con el sentido común. Y supongo, tampoco estoy muy seguro, que alguna vez se impondrá ese sentido común.