Escribía ayer Ander Izagirre en la última página del Diario Vasco que los dos mensajes que más nos repiten son: «1) ¡Debemos consumir menos!» y «2) ¡Debemos consumir más!» Las cantidades de dinero que se invierten para persuadirnos de que nos portemos bien en ambas direcciones se disparan, con toda probabilidad, hasta los billones de euros. Con el agravante de que muy a menudo los dos mensajes proceden del mismo emisor, que o bien no se da cuenta de su contradicción o bien usa un mensaje para disimular o aligerar el otro. Esas admoniciones, aparentemente incompatibles entre sí y con la razón humana, buscan un objetivo al que importa poco la razón y la condición humana: buscan la pasta. Y ahí cabe la contradicción: esa cosa tan fea, tan contraria a la inteligencia.
Nos convencen, en efecto, para que cambiemos de coche para contaminar menos, de que lo usemos menos para contaminar menos aún y de que nos movamos en transportes públicos, que en algunas zonas ni siquiera existen, para ir de compras. Nos animan a tener hijos porque estamos en crisis demográfica, pero dicen que aumentar las ayudas a las embarazadas significa estigmatizar el aborto. Y los mismos que reparten credenciales de democracia a personas e instituciones que les dan la razón piden que los periodistas que preguntan lo que no quieren contestar sean expulsados del Congreso. Y la asociación que debería defender a esos periodistas los relega a la equidistancia. Son europeos, pero no quieren felicitar la Navidad. Defienden los derechos humanos, pero no en China. Traicionan al Gobierno del que forman parte, pero sin bajarse de la poltrona del ministerio. Se hacen los listos porque nos creen tontos.
@pacosanchez