Reciclando

Luis Ferrer i Balsebre
luis ferrer i balsebre EL TONEL DE DIÓGENES

OPINIÓN

PEPA LOSADA

Hubo un tiempo (no mucho) en que era rutina en los hogares devolver los cascos vacíos de las bebidas cuando comprabas otros llenos; la leche la dejaban en la puerta en botellas inmaculadas, y llegados los fríos dormías con un pijama de franela y te ponías camiseta imperio con jersey para estar en casa; cuando llegaba el verano, te quitabas el jersey. La gente llevaba un pañuelo de algodón en el bolsillo y con las sobras de la comida se hacían croquetas (en aquellos tiempos no había comida encartuchada). 

Los electrodomésticos no estaban afectados por la obsolescencia del mercado y duraban todo el tiempo que el manitas de plata de turno —hoy casi extinguido— podía reanimarlo. Los coches valían para ser antiguos y eran herencias de padres a hijos.

Debajo de mi casa en Madrid había un chamarilero que te compraba los cascos desemparejados y el pan duro para revenderlos a su vez a la Casa de Fieras del Retiro (bonito nombre). A los niños se les compraba la ropa crecedera para que durara un par de temporadas y si había hermanos la heredaran.

No había contenedores con instrucciones para seguir el algoritmo de los tipos de basura y un cubo tardaba días en llenarse.

Los libros, las novelas, las revistas, los cómics y los cromos se cambiaban, no se tiraban.

Un buen día sin precisar del siglo XX, rendimos esas rutinas a los modernos avances para nuestra comodidad. Las cosas comenzaron a ser de usar y tirar, a no arreglarse los aparatos, no hacer croquetas, a sonarse con clínex y a llevar una botellita de agua pegada como anillo al dedo. En invierno empezamos a ir en camiseta por la casa a 24 grados y en verano nos resfriamos a 17 de aire acondicionado. Los coches duran pocas temporadas y lo demás, menos aún. Todo fue un buen negocio encaminado a resolver el anhelo de nuestra comodidad y confort.

Con el tiempo, las soluciones ensayadas para ese problema inexistente se convirtieron en un problema más grande que el que las generó: la comodidad se transformó en basura y empezamos a ahogarnos.

Triunfa lo verde proponiendo soluciones, comisiones, chiringuitos y cumbres para resolver un problema cuya solución empieza, simplemente, por volver a hacer lo que hicimos toda la vida antes de construir esta civilización de un solo uso.

Lejos de reflexionar, volvemos al más de lo mismo y a vivir de temporada donde, cada poco tiempo, desechamos cientos de aparatos electrónicos, baterías de automóviles eléctricos, papillas de plásticos que no queremos saber dónde van a ir a parar. No augura un futuro verde sino negro metalizado.

Tontos confortables hasta almorzar y después todo el día.

Nucleares sí, por favor. Tontos o caldeiro.