Sin música

Ruth Nóvoa de Manuel
Ruth Nóvoa DE REOJO

OPINIÓN

Quique Curbelo

La pandemia nos va devolviendo cosas poco a poco. Es como si hubiésemos dejado la vida en una casa de empeños, de esas de las películas, y la estuviéramos recuperando en visitas sucesivas. A mí esta semana me tocó rescatar la música en directo. Aunque no elegí yo (fue una versión moderna del Cuando tengas hijos comerás huevos), mereció la pena. A uno se le va agotando la capacidad de botar, pero ese chute de energía puede durar toda la vida. En mi primer concierto me acoplé a mis hermanos mayores y estrené unos vaqueros blancos. Me sabía todas las canciones de La Guardia gracias a dos cintas que nos turnábamos. En 1992 tocó Mecano. En el estadio de O Couto, en Ourense, llovió todo lo que podía llover. Y más. Volvimos empapados (no hubo lugar a bronca, mejor mojados que borrachos, supongo) y con ese pitido en los oídos después de dos horas de decibelios, que suena más alto cuando entras en casa y todo está en silencio. Todavía me echan en cara —y fue en 1999— un bajón de tensión entre The Corrs y Mike Oldfield que hizo que tuviera que escapar de la playa de Santa Cristina. Aún me pregunto cómo salimos ilesas de un concierto de Duncan Dhu en el que a las chicas de atrás les molestaba que estuviéramos más cerca de Mikel Erentxun. A M-Clan fuimos, pero no nos acordamos. Y a Salamanca volví solo para escuchar a The Waterboys.

La pandemia, que nos quitó cosas mucho más importantes, también nos robó la música en directo. El momento en el que presentan a la banda, los bises, el salto cuando suena tu canción favorita... Las restricciones nos dieron una lección que en realidad es un jingle. Ya lo decían en Los 40 allá por 1997: sería terrible vivir sin música.