El dolor pélvico crónico
OPINIÓN
El síndrome de dolor pélvico crónico (SDPC) es definido por la Asociación Europea de Urología como «dolor crónico o persistente (más de 6 meses) percibido en estructuras relacionadas con la pelvis de hombres o mujeres, sin un origen infeccioso probado u otras patologías locales obvias que pudiesen explicarlo».
Su prevalencia puede oscilar entre el 5,6 % y el 30,9 % en el caso de las mujeres, y del 2 % al 17 % en los varones. Tanto el género, con mayor presencia en las mujeres (asociado al embarazo, parto y a factores hormonales), como determinados factores socio-culturales (acceso a atención sanitaria), parecen condicionar con claridad su distribución en la sociedad.
Este término «paraguas» incluye una gran variedad de situaciones doloroso-disfuncionales como el síndrome de dolor escrotal/testicular, la epididimitis post-vasectomía, el síndrome de dolor en el pene, en uretra, clítoris, la vulvodinia, la dismenorrea y la endometriosis (síndromes de dolor uro-ginecológicos). El síndrome del intestino irritable y el síndrome de dolor muscular del suelo pélvico serían los síndromes de dolor gastrointestinal y musculoesquelético más habituales, respectivamente.
Aunque pueden existir mecanismos periféricos causales, la actividad autonómica alterada, el estado de hiperexcitabilidad y los cambios neuroplásticos del sistema nervioso central son factores determinantes en la presencia y perpetuación del SDPC. La ausencia de una causa concreta suele aumentar el nivel de ansiedad e incertidumbre del paciente, alimentando pensamientos negativos, catastrofistas, miedo, hipervigilancia, llegando a facilitar en algunos casos la aparición de estados depresivos.
A menudo el SDPC se asocia con fatiga generalizada, consecuencias negativas cognitivas, conductuales (aislamiento social, kinesiofobia o miedo al movimiento), sexuales (disminución de la libido) y emocionales (angustia, ansiedad, depresión), así como con síntomas sugestivos de disfunción sexual (dispareunia -dolor al realizar el coito- o coitalgias -molestias en las relaciones sexuales-). También se asocia con problemas del tracto urinario inferior (infecciones urinarias, incontinencia), del sistema intestinal (picor y dolor anal), del uro-ginecológico y/o del neuro-músculo-esquelético (alodinia, puntos gatillo, trastornos sensitivos: hipoestesia o disminución de la sensibilidad), con la consecuente afectación de la calidad de vida de la persona afectada. Numerosos trabajos científicos avalan el papel de la fisioterapia pelvi-perineal como alternativa terapéutica no farmacológica, fiable, segura y eficaz en la prevención y tratamiento de este tipo de síndromes doloroso-disfuncionales, además de actuar sobre las manifestaciones clínicas derivadas de intervenciones quirúrgicas sobre el suelo pélvico o asociadas a enfermedades sistémicas.
Hay técnicas manuales (terapia miofascial y articular, punción seca, técnicas de inhibición), instrumentales (radiofrecuencia, biofeedback de presión y electromiografía, neuromodulación, sistemas superinductivos, ondas de choque), ejercicio terapéutico (hipopresivos, protocolos de respiración lenta y prolongada, ejercicios de relajación, antigimnasia, tonificación y movilidad), educación en el dolor y asesoramiento en las disfunciones sexuales de origen neuro-músculo-esquelético.
Una vez valorado el caso, el objetivo de la intervención será instaurar medidas de prevención que ayuden a evitar la aparición de un SDPC, y en caso de estar presente, restaurar el control, el tono y la capacidad de reclutamiento de la musculatura del suelo pélvico, actuar sobre la estática visceral y las propiedades viscoelásticas de los tejidos perineales, incidir sobre las restricciones de la movilidad articular, contribuir a la des-sensibilización el sistema nervioso y aportar herramientas de autogestión al paciente a través de la información.