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Pincelada de libertad

Francisco Martelo NUMERARIO DE LA REAL ACADEMIA DE MEDICINA DE GALICIA

OPINIÓN

Santi M. Amil

02 oct 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

La relación médico-paciente ha evolucionado más en los últimos cincuenta años que en el resto de los siglos. A largo de la historia se mantuvo una actitud paternalista de protección del galeno hacia el paciente, basada en que uno tenía el conocimiento y la ética necesaria y el otro, en una situación de carencia de salud, indefenso y entregado, dejaba hacer al docto en el mal de la enfermedad, el doctor.

Aceptando que es imposible lograr un ejército de bondadosos, la medicina, secularmente, ha sido concebida como una alta vocación. Se ha asumido casi con el sentido de profesar unos votos religiosos, como una tarea de entrega al cuidado de los demás. Hipócrates, médico de la Grecia antigua, instruía ya en esos valores que se han mantenido hasta nuestros días a través del juramento hipocrático. Este clima de alto prestigio del médico mantuvo una relación médico-paciente de transición vertical, con el medico situado en la cúspide de las decisiones.

Para la población era innecesario plantearse derechos, ahora irrenunciables, como el de mediar en las decisiones terapéuticas que nos apliquen, el de estar perfectamente informados, el derecho a reclamar y, como se está viendo ahora en la pandemia del covid-19, el de decidir sobre nuestra salud o incluso sobre la de los demás.