En 1868, mientras en España vivía La Gloriosa, los habitantes de Cleveland (Ohio) se vieron sorprendidos por un fenómeno que jamás se había registrado, cuando el río Cuyahoga, que atraviesa la ciudad, se incendió, llenó el entorno de nubes tóxicas, y arruinó fábricas, infraestructuras y edificios que estaban en sus riberas. La causa de esta grave anomalía era la contaminación del río, que se había convertido en una cloaca espesa y maloliente, llena de aceites, hidrocarburos, caucho y demás desechos e inmundicias que hicieron comburente lo que debería ser un extintor.
Lo que parecía imposible, que era la alteración del orden natural establecido por el demiurgo del Génesis -aquel organizador que separaba las aguas de las tierras, el día de la noche y los pájaros de los peces (porque el Dios creador no nos vino de la Biblia, sino de la metafísica griega)- se produjo en Cleveland, cuando ardió el río en vez del bosque. Y la causa de aquella desfeita fue el desorientado empoderamiento científico del hombre, que, desde el siglo XIX, generó la capacidad para inundar valles, secar marismas, abatir montañas, arrancar del subsuelo ingentes masas de minerales, generar tierra cultivable, hacer voluminosos transportes por tierra, mar y aire, y… hacer que, mientras los ríos arden, los bosques inunden valles y torrenteras. En los cien años siguientes el río Cuyahoga se incendió doce veces más -la última en 1969-, y en una ocasión ardió durante varias semanas, hasta que un plan de rescate logró que regresasen las truchas a Cleveland.
Con esto quiero recordar que la catástrofe ecológica que nos acecha no es nada nuevo; que en su mayor parte se deriva de la acción del hombre sobre la atmósfera que respiramos y la tierra que pisamos; y que cometeríamos un gravísimo error si, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y el Cuyahoga por Cleveland, lográsemos convencernos de que cada desbordamiento, o cada incendio de bosques y ríos entreverados de casas y granjas, se inscribe en un decorado catastrófico que nos obliga a mirar mucho más al cielo que a la tierra.
Buena parte de las catástrofes que nos muestran los telediarios como ejemplos del cambio climático, no son más que crasos ejemplos de ramblas cegadas, playas y orillas invadidas, deltas obstruidos, marismas habitadas, cauces estrechados, terraplenes de carreteras y vías férreas convertidos en muros de contención, e infraestructuras no saneadas -también sótanos y garajes- situadas bajo el nivel de las aguas.
Y por eso es urgente distinguir, también en esto, lo global de lo local, no vaya a ser que, entretenidos en profetizar el colapso planetario, olvidemos que, por ahora, los desastres producidos por la meteorología son puñeteras especulaciones ejercidas sobre el territorio. O que no nos demos cuenta de que los cascos históricos nunca se inundan, y que todos los coches y contenedores arrastrados están en los barrios construidos -y tozudamente reconstruidos después de cada inundación- en las últimas décadas.